Por: Ignacio Azurdia Molina.   8 abril
A pesar de los aciertos del Gobierno en su atención a la pandemia actual, el nuevo coronavirus no ha ocultado las debilidades políticas y comunicativas de la administración de Carlos Alvarado Quesada.
A pesar de los aciertos del Gobierno en su atención a la pandemia actual, el nuevo coronavirus no ha ocultado las debilidades políticas y comunicativas de la administración de Carlos Alvarado Quesada.

La política es, en su definición más simple, la lucha por el poder. Por lo tanto, además de proteger a su población frente a la amenaza del nuevo coronavirus, es natural que los gobiernos busquen aprovechar cualquier oportunidad para aumentar o recuperar apoyos sociales.

Por ende, Carlos Alvarado Quesada y su gobierno intentarán, por razones obvias, salir lo mejor posible de esta pandemia para mejorar una valoración ciudadana que ha sido constantemente negativa (según la última encuesta del CIEP-UCR, en noviembre del 2019, las valoraciones positivas eran solamente el 22%, mientras que las negativas constituían el 59%).

El potencial está ahí: Una institucionalidad sanitaria que desearían tener algunos países desarrollados, liderazgos cualificados como el del ministro de Salud y otros jerarcas, así como haber tenido cierto tiempo para prepararnos al no haber sido uno de los primeros países en recibir el virus.

Sin embargo, el COVID-19 no ha ocultado las debilidades políticas y comunicativas de la Administración Alvarado Quesada.

Ya conocemos las dificultades que ha tenido el presidente de la República, previo a esta pandemia, al remar contra el malestar social por el plan fiscal (el cual, además, fue pésimamente comunicado), crisis autoinducidas (de igual modo, muy mal manejadas) como la de la Unidad Presidencial de Datos (UPAD) y, por si fuera poco, en días recientes, entre otras cosas, la falta de articulación de su gabinete en torno al impuesto llamado estratégicamente “aporte solidario” y el enredo en la comunicación de las medidas de restricción vehicular después de unas ruedas de prensa que habían sido catalogadas por algunos periodistas como “propaganda”.

Y es que así como dentro del catálogo de la comunicación política existe la comunicación de gobierno, la cual se dirige (idealmente) a toda la población con el fin de legitimar ante esta a los gobernantes y su proyecto político, existe también la comunicación de riesgo, que es la que pretende modificar un hábito o conducta con el fin de, valga la redundancia, reducir el riesgo ante una amenaza latente o existente (como ha sido el COVID-19).

La comunicación de crisis, por otra parte, se emplea en situaciones en donde la reputación, normas y valores de una figura, institución o sistema político se encuentren ya en peligro; a manera de ejemplo, si se diera, en la coyuntura actual, un aumento exponencial de contagios y muertes (lo cual esperamos que no suceda).

Persuadir

La comunicación de riesgo es una política pública más dentro de la estrategia sanitaria de un gobierno debido a que, precisamente, es una acción gubernamental que da respuesta, en este caso, a las necesidades de salud pública. Para ello, se debe transmitir información contrastada, constante y, asimismo, persuasiva, por medio de voceros que cuenten con suficiente credibilidad, para que las medidas comunicadas sean recibidas, entendidas, interiorizadas y llevadas a cabo por los ciudadanos para evitar el contagio del conocido virus.

Precisamente, para que el mensaje llegue a la mayor cantidad de ciudadanos posible, se debe evitar el riesgo de la relativización en función de visiones de mundo, por ejemplo, como la de quién es más solidario que el otro. Aquellos que compartan el valor del solidarismo serán más anuentes a medidas que requieran el aporte comunitario; pero quienes compartan otros valores en la línea del individualismo no serán persuadidos por los solidaristas por más que estos lo intenten, insulten o traten de generarles sentimiento de culpa.

Como diría el lingüista cognitivo, George Lakoff, la verdad, para ser aceptada, tiene que encajar en los marcos de la gente; sean más solidarios o más individualistas. Si los hechos no encajan en un determinado marco cognitivo, el marco se mantiene y los hechos rebotan.

De igual manera, si aplicáramos la teoría de la espiral del silencio de Noelle-Neumann, el miedo al rechazo o desprecio social por no acatar las indicaciones sanitarias se daría dentro de colectivos determinados que compartan, precisamente, visiones de mundo o relaciones sociales; no ante colectivos que piensan radicalmente distinto a nosotros o con quienes no compartamos ninguna interacción a través de las cámaras de eco de las redes sociales en que nos movemos.

“En un país en el cual las medidas coercitivas radicales como una cuarentena total obligatoria son una opción lejana, la persuasión a través de la comunicación estratégica toma un rol central”.

Eso sí, el dramatismo excesivo o la teatralidad que proyecte “politiquería” sobran. En cambio, la simplificación narrativa, pedagógica y empática de la información estadística y científica disponible, al igual que testimonios de personas contagiadas (o de sus familiares) sin guion ni música melodramática de fondo, podrían ser más que suficientes.

Incluso, se podría considerar lo que ha mencionado el teórico argentino Mario Riorda: “si no hay miedo no se modifica una conducta”; sobre todo a la hora de jerarquizar el contenido que se debería comunicar y, obviamente, con el cuidado de no generar pánico que derive en efectos contraproducentes.

En un país en el cual las medidas coercitivas radicales como una cuarentena total obligatoria son una opción lejana, la persuasión a través de la comunicación estratégica toma un rol central como política pública para salvar vidas y, a la vez, la legitimidad del Gobierno.

Al nuevo coronavirus lo superaremos entre todos, sea por un sentimiento enardecido de solidaridad que no necesariamente comparta toda la población o, bien, por la activación transversal de nuestro instinto de supervivencia.