Por: Constantino Urcuyo.   6 mayo

El presidente salvadoreño promovió la destitución legislativa del Tribunal Constitucional y del Fiscal General perpetrando un golpe de estado.

La imposición de la voluntad de una mayoría legislativa, sobre los derechos de las minorías y de las instituciones, es concentración de poder y vulnera el principio democrático de separación de poderes.

Se repite el fenómeno de presidentes que acceden al ejecutivo por vía electoral y luego gobiernan arbitrariamente, destrozando el estado democrático de derecho.

La democracia es gobierno de las mayorías pero con respeto de los derechos de las minorías.

Los tribunales constitucionales son un mecanismo para poner límites a las pasiones mayoritarias desbordadas. Sin independencia judicial, sin división de poderes, no hay democracia, solo el poder frena al poder.

Frenos y contrapesos es la clave del equilibrio democrático. Sin ese balance surge la dictadura, disfrazada de democracia electoral. La tiranía maquillada, encarnada en populistas que pretenden representar la voluntad popular, embriagando a los pueblos con discursos vacuos contra las élites y prometiendo limpieza. Que se vayan todos para quedarme yo.

Las justas decepciones de la ciudadanía con los políticos llevan al agnosticismo político, los pueblos perdieron la fe, pero prestan oídos a cantos de sirena y llegan a creer en cualquier cosa.

El populista dice representar la voluntad popular pero no dice como determinarla en los periodos inter electorales. Demagogos autoritarios edifican un pueblo homogéneo sin diferencias a lo interno para encarnarlo en sus personas. La disidencia es vista como el enemigo, desaparecen pluralismo y tolerancia. ¿Quién puede estar contra el pueblo?

Autoritarismo en El Salvador, corrupción en Guatemala, inestabilidad y narco en Honduras e intentos para profundizar una odiosa dictadura en Nicaragua sacuden nuestro vecindario y crean amenazas.

Debemos estar atentos.