Apenas tres meses después de que el presidente de EE. UU., Donald Trump, regresara a la Casa Blanca en 2025, desencadenó una nueva guerra comercial con China. No salió bien. Inmediatamente después de que anunciara un arancel del 34 % sobre todas las importaciones chinas, China dejó claro que estaba dispuesta a responder con dureza, imponiendo a su vez un arancel del 34 % sobre todos los productos estadounidenses y aplicando controles inmediatos a la exportación de siete elementos de tierras raras y de los imanes de tierras raras utilizados en muchos productos de consumo y tecnologías militares del siglo XXI.
Tras otra rápida ronda de represalias recíprocas, Trump dio marcha atrás y ambas partes se reunieron en Ginebra para declarar una tregua. Seis meses después, esa tregua se prorrogó y sigue vigente hoy en día, mientras Trump y el presidente Xi Jinping se preparan para su cumbre a finales de este mes.
Ambas partes han reconocido (por ahora) que la confrontación perjudicaría gravemente a ambas economías. El pragmatismo se ha convertido en la nueva norma para la relación bilateral más importante del mundo. Desde entonces, los responsables estadounidenses y chinos han buscado y encontrado formas de colaborar de manera más constructiva en materia de comercio e inversión, además de entablar comunicaciones entre las fuerzas armadas de ambos países con mayor frecuencia y a un nivel más alto. Para mantener las relaciones por el buen camino, la Administración Trump ha aplazado nuevos paquetes de ayuda en materia de defensa para Taiwán, ha dejado que caduquen las restricciones al comercio con Hong Kong y ha reducido las patrullas navales periódicas de EE. UU. destinadas a hacer valer la libertad de navegación en el mar de China Meridional.

La gran pregunta para un mundo ahora asolado por dos guerras importantes y otra avalancha de conflictos comerciales generados por Trump es cuánto tiempo se mantendrán estas medidas de contención entre EE. UU. y China. En el lado positivo, la actual distensión depende de un equilibrio de influencia coercitiva que debería perdurar, en la mayoría de los ámbitos, al menos durante los próximos años.
Estados Unidos seguirá reduciendo su dependencia directa de las importaciones de productos chinos, pero seguirá siendo vulnerable al control que ejerce China sobre los minerales críticos procesados y los productos intermedios. China seguirá reduciendo sus dependencias del exterior y redirigiendo sus exportaciones hacia el Sur Global, pero seguirá siendo vulnerable a las sanciones financieras de Estados Unidos y a ciertos controles sobre la exportación de tecnología.
Sin duda, los dirigentes de EE. UU. y China no decidirán de repente confiar el uno en el otro. Dado que ninguno de los dos está dispuesto a bajar la guardia, aún hay muchas cosas que podrían salir mal. Un recrudecimiento importante a raíz de las sanciones de EE. UU. a Irán, el apoyo chino a Rusia o un error de cálculo sobre Taiwán podría aumentar la presión en ambas capitales para adoptar un enfoque más conflictivo. Pero mientras EE. UU. y China sigan interpretando correctamente el equilibrio de poder y eviten la presión interna para una escalada, las escaramuzas diplomáticas, comerciales o de seguridad ocasionales podrán mantenerse bajo control en aras de la estabilidad.
Sin embargo, existe un factor impredecible y peligroso. La IA y la falta de gobernanza internacional sobre su desarrollo y uso ya están generando riesgos, tanto en EE. UU. como en China y en todo el mundo. Y dado que EE. UU. y China lideran ahora con cierta ventaja la innovación en IA, la competencia entre ambos en este sector supone la mayor amenaza para sus relaciones, actualmente constructivas.
Esta carrera se caracteriza ahora tanto por el rápido avance de las capacidades chinas como por la repentina aparición de nuevos riesgos para la seguridad nacional de ambos países. La decisión de China de centrarse en modelos de código abierto y de bajo coste hará que la IA a gran escala sea accesible para los consumidores y los usuarios industriales de Occidente y de todo el Sur Global. Pero la comunidad de inteligencia y defensa de EE. UU. no acogerá con agrado esa presión competitiva (ni la recopilación de datos). Además, los modelos chinos conllevan algunos de los mismos riesgos cibernéticos y biotecnológicos que sus homólogos estadounidenses; pero, a diferencia de Anthropic u OpenAI, las empresas chinas no responderán a las preocupaciones y exigencias del Gobierno de EE. UU.
Por eso, Estados Unidos responderá en los próximos meses con restricciones significativas al acceso chino a los modelos estadounidenses y con límites al acceso estadounidense a los modelos chinos de peso abierto. Trump también intentará utilizar la influencia política de EE. UU. para presionar a otros países a que adopten la IA estadounidense, en lugar de la china. Si EE. UU. y China no logran gestionar esta lucha, cabe esperar una fuerte aceleración en la desconexión de las tecnologías avanzadas entre ambos países.
Ya estamos observando esta tendencia en otros ámbitos. En julio, EE. UU. prohibió la importación de robots humanoides fabricados en el extranjero, una medida claramente dirigida a China, que cuenta con una ventaja sustancial en materia de tecnología y precios frente a sus competidores estadounidenses. Trump también ha impuesto ahora aranceles de hasta el 100 % sobre los drones, apuntando en particular a los modelos de fabricación china, por motivos de seguridad nacional.
En resumen, la carrera armamentística chino-estadounidense en materia de IA ya está en pleno apogeo. La cuestión ahora es si Trump y Xi podrán aprovechar su cumbre en la Casa Blanca de este mes para sentar las bases de un diálogo continuo sobre la IA, diseñado para evitar un futuro de conflictos cada vez más intensos, opacos y potencialmente de suma cero.
Si fracasan, ambas partes podrían llegar a considerar que la confrontación se ha vuelto inevitable, y no solo en lo que respecta a la IA. No es difícil imaginar que un nuevo conflicto comercial y el recrudecimiento de las tensiones en materia de seguridad derrumben rápidamente las barreras de protección que ambas partes han construido durante los últimos 16 meses. La carrera por la IA hace que sea aún más difícil evitar tal desenlace.
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Ian Bremmer, fundador y presidente de Eurasia Group y GZERO Media, es miembro del Comité Ejecutivo del Órgano Consultivo de Alto Nivel de las Naciones Unidas sobre Inteligencia Artificial.