Costa Rica ya no es un país joven y América Latina tampoco.
Mientras las tasas de natalidad disminuyen y una mayor porción de la población se acerca al envejecimiento, seguimos tomando muchas decisiones laborales, económicas y sociales como si esta transformación no estuviera ocurriendo.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), Costa Rica alcanzó en 2023 una de las tasas de fecundidad más bajas de su historia: 1,19 hijos por mujer. Paralelamente, distintos organismos internacionales advierten que América Latina atraviesa un proceso de envejecimiento poblacional mucho más rápido de lo previsto hace apenas algunos años.
Sin embargo, todavía no pareciera existir suficiente conciencia sobre las implicaciones reales de este cambio.
La conversación suele centrarse en pensiones, sistemas de salud o sostenibilidad económica, pero pocas veces hablamos de algo fundamental: ¿qué estamos haciendo como sociedad con una población adulta y adulta mayor cada vez más amplia, más preparada y con necesidad de seguir siendo productiva?
Porque existe una contradicción que cada vez se vuelve más evidente.
Por un lado, muchos países discuten aumentar la edad de retiro debido a la presión que enfrentan los sistemas de pensiones. Pero al mismo tiempo, miles de personas comienzan a experimentar enormes dificultades para conseguir empleo desde los 40 o 45 años.

Y no hablamos de una generación sin formación o experiencia.
Las generaciones que llegarán a la adultez mayor en esta década son, probablemente, las más profesionalizadas que ha tenido América Latina. Personas con trayectoria, preparación académica, experiencia gerencial, conocimiento técnico y capacidad de seguir aportando.
Aun así, persiste el paradigma de que después de cierta edad las personas dejan de actualizarse, pierden capacidad de adaptación o se vuelven menos valiosas para las organizaciones.
Seguramente existen casos así, como ocurre en cualquier etapa de la vida. Pero reducir a toda una generación a esa idea no solo es injusto, también es un enorme error estratégico.
Porque la realidad latinoamericana está muy lejos de la imagen idealizada de personas jubilándose para dedicarse únicamente a viajar o descansar.
El grueso de la población necesita seguir generando ingresos, mantenerse activa y sentirse útil social y profesionalmente.
Invisibilizar laboralmente a esta población no solo afecta su estabilidad económica. También puede empujar a miles de personas hacia escenarios de vulnerabilidad y pobreza.
Y aquí es donde la conversación deja de ser únicamente social y se convierte en un desafío económico y necesidad país.
La nueva realidad demográfica exige fortalecer alianzas entre el sector público, las universidades, los sistemas de salud y los sectores productivos. Exige impulsar procesos de actualización y educación continua. Exige repensar modelos de trabajo y comprender que la convivencia intergeneracional ya no es opcional.
Pero, sobre todo, exige empezar a mirar el talento senior desde el valor que todavía puede aportar y no desde la edad que aparece en un currículum.
Porque Costa Rica y América Latina no pueden darse el lujo de desperdiciar uno de sus capitales humanos más valiosos justo en el momento en que más lo va a necesitar.
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La autora es decana de Posgrados Universidad Latina, impulsora de ProAge+ LATAM.