Por: Mario Zaldívar Rivera.   18 diciembre, 2020

“El hombre solo mata lo que ama”, decía Oscar Wilde y el Estado costarricense pretende dar su estocada brutal a una de sus instituciones más eficientes, la Comisión Nacional de Préstamos para la Educación (Conape), que trabaja directamente estimulando el talento de los jóvenes más vulnerables, los estudiantes de educación superior de escasos recursos económicos, quienes no tienen acceso a los créditos bancarios para financiar sus estudios.

Hace más de cuatro décadas, otros hombres y otras mujeres, con una mentalidad mucho más sensata, crearon una institución financiera específicamente para estudiantes pobres, aquellos que no tienen otra garantía que su deseo de estudiar y su probada inteligencia para alcanzar una meta académica. Hoy, una generación de “políticos y tecnócratas” sin mayor sensibilidad social, proponen vender la cartera crediticia de Conape al Banco Popular y del Desarrollo Comunal.

La banca costarricense, pública y privada, desde el año 1977, fecha de creación de Conape, ha luchado por eliminar a esta institución estatal por el hecho de tener la obligación legal de transferirle el 5% de sus utilidades netas anuales. Primero fue mediante una interpretación auténtica de la ley y luego reduciendo el porcentaje del aporte al crédito educativo.

En nuestros días el motivo es otro: captar el apetitoso mercado del financiamiento de los estudiantes universitarios, pero con sus condiciones crediticias de competencia interbancaria reguladas por la Superintendencia General de Entidades Financieras (Sugef); es decir, tasas de interés de mercado, garantías satisfactorias y plazos de amortización reducidos.

No solo la banca está al acecho, también las grandes cooperativas y otras entidades financieras, con dinero ocioso, están a la espera de la estocada brutal para extender sus tentáculos financieros al crédito educativo. Evidentemente, los estudiantes más pobres no podrán cumplir con los requisitos financieros de estas voraces organizaciones.

Las experiencias más recientes de Chile y los Estados Unidos son patéticas. En Chile se privatizó el crédito educativo y a la vuelta de unos años, los jóvenes profesionales no podían pagar sus préstamos. Las consecuencias sociales de la revuelta estudiantil han sido mil veces más costosas que los beneficios que pretendían sus promotores.

Lo mismo pasó en los Estados Unidos, donde la banca privada hizo grandes negocios con los préstamos a estudiantes, al punto que el mismo presidente Barack Obama tuvo que intervenir para que las condiciones de pago para los deudores fuesen revisadas.

Reacción

En Costa Rica pretenden hacer lo mismo y mientras tanto, los estudiantes universitarios no mueven ni un dedo por sus derechos, pero sí son marionetas que corren en tropel en manifestaciones públicas para defender los privilegios salariales de las universidades públicas. Tengo serias dudas de que quienes pretenden vender la cartera de Conape al Banco Popular siquiera hayan analizado las cruentas consecuencias de “bancarizar” los préstamos a estudiantes.

En 1858, el creador de la música de nuestro Himno Nacional, Manuel María Gutiérrez, fue a Cuba a estudiar música con un préstamo del gobierno de turno. El músico pagó su deuda cuando regresó al país. En 1908, el sabio Clodomiro Picado fue a realizar sus estudios superiores a Francia con un préstamo de la Junta de Caridad, hoy Junta de Protección Social, cuya amortización cumplió al regresar a Costa Rica.

Si la cartera de Conape se vende al Banco Popular tendrá que someterse a las condiciones de amortización que exige la Sugef, aunque los promotores de la idea digan otra cosa y los candorosos deudores guarden un inexplicable silencio.

Estos dos ejemplos muestran la verdadera cara del crédito educativo: pagar la deuda una vez finalizados los estudios, en condiciones crediticias favorables, cosa que la banca está muy lejos de conceder. Si la cartera de Conape se vende al Banco Popular tendrá que someterse a las condiciones de amortización que exige la Sugef, aunque los promotores de la idea digan otra cosa y los candorosos deudores guarden un inexplicable silencio.

Es una paradoja ya refrendada por la historia: el éxito del crédito educativo es más seguro cuanto más alejado se encuentre de la banca. La contaminación del lucro bancario corroe los principios básicos de su filosofía, pues como dijo aquel buitre que un mal día estuvo cerca del crédito educativo: “los banqueros tenemos el corazón en el bolsillo”.

En la doctrina bancaria no existe la visión social del crédito subsidiado para los estudiantes económicamente vulnerables. Su norte es el lucro. Hace solo unos meses el gobierno cerró el Fondo Nacional de Becas; ahora la artillería va contra Conape, todo en la fatídica dirección de que la banca coloque sus recursos ociosos en el crédito educativo.

Ya se sabe que la pandemia bajó las colocaciones de todo el sistema financiero costarricense y sus ejecutivos, con el apoyo de algunos elementos del gobierno, pretenden abarcar otros sectores del mercado. Si no, a qué obedecen las agresivas campañas de colocación que atosigan al público por todos los medios de penetración masiva.

Infinitamente más poderosa, la banca extiende su ambición por toda la sociedad costarricense, destruyendo a su paso algunas instituciones de desarrollo social, que han sido pilares del modelo de equilibrio de paz y solidaridad nacional.

Con la excusa de combatir la crisis fiscal y paliar los golpes de la pandemia, algunos complacientes burócratas y la jerarquía bancaria, pretenden desestabilizar a Conape, para después aplicar el golpe de gracia y pasar el crédito educativo a la banca. La estocada brutal es vender la cartera al Banco Popular, el siguiente paso es solo cerrar las puertas de la Institución.