Por: Emilio Zevallos.   3 mayo
Carátula blog Pymescopio de Emilio Zevallos
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La presente coyuntura plantea desafíos gigantescos a la economía y la sociedad en su conjunto. Antes de la pandemia ya se señalaba que los cambios tecnológicos y su impacto en el mercado laboral, y en general, los cambios sociales eran la antesala –sino es que ya habíamos entrado– a un cambio de era, con lo que ello implica en términos de desajustes, reajustes y transformaciones económicas y sociales.

Pero la nueva realidad no será solamente resultado de la pandemia y sus consecuencias económicas, sino también de la forma como encaremos la misma.

Como hemos podido observar por los medios de comunicación, la pandemia ha sacado lo mejor y lo peor de las personas. En muchos países se han visto personas dejando bolsas de comida en lugares de bajos ingresos, o pequeñas empresas apoyando a los hospitales, con suministros, ropa y mascarillas.

También taxistas que llevan gratis al personal de salud, por no mencionar a la pequeña empresa de construcción prefabricada que en Argentina hizo un pabellón para enfermos de COVID 19. Pero, al otro lado, grandes empresas financieras que siguen cobrando intereses por deudas morosas, bancos que han embargado los bonos que el Estado ha dado a personas que han perdido el empleo, e incluso grandes empresas repartiendo utilidades millonarias entre sus socios en momentos de crisis donde la solidaridad es un imperativo.

En este momento en que vemos que los países compiten vorazmente –e incluso ilegalmente– por mascarillas y equipo para la pandemia, debemos seguir promoviendo esa codicia, o más bien, ¿debemos buscar formas de trabajar más colaborativamente? ¿Acaso no es cierto que si las empresas farmacéuticas trabajan de forma colaborativa, podrán encontrar una vacuna más rápidamente que trabajando de manera individual?

Estamos hablando de una economía que priorice las necesidades de los individuos; una en que la que la ganancia exista, pero no sea desproporcionada. Entendiendo que la presencia de incentivos es lo que hace que la economía se mueva y genere la prosperidad que todos deseamos, no es posible que ella sea ilimitada.

Recordemos un precepto central de la economía: la competencia perfecta. En una empresa, se deben establecer con claridad todos los costos. Ellos incluyen también el salario del dueño. De esta forma, si la empresa no tiene ganancias, tampoco pérdidas ya que todos los costos se encuentran cubiertos.

¿Cómo hacemos para que la empresa innove? ¿De dónde sacamos los recursos para que ello sea posible? ¿De las ganancias? Y si no hay, ¿cómo innovar? Bueno, seamos claros, muchas empresas han tenido ganancias, incluso extraordinarias, y no han invertido en innovación. Esa no es responsabilidad de los consumidores o el Estado. Si en la época de vacas gordas no se hizo esa inversión, ¿por qué debemos pagarlas los consumidores bajo la forma de precios altos?

Lo que está haciendo colapsar nuestra economía –sin considerar a la pandemia– es el irracional afán de lucro, el exceso de ganancia. Esa necesidad de las personas que ponen negocios de querer recuperar todo (y más), lo más pronto posible, acelerando el proceso natural de la economía. El bajar márgenes de ganancia tiene un impacto en la economía como un todo. Porque si todas las empresas lo hacen, la economía puede volver a tomar un ritmo de crecimiento.

Pongamos un ejemplo. Si tengo una tienda de ropa en un mall elegante, probablemente deba pagar unos $10.000 de alquiler, más los costos salariales, abastecimiento de producto, etc. ¿Cuánto debe costar cada prenda para poder al menos cubrir esos costos? ¿Y si además quiero ganancia rápida? Es por ello que un pantalón de ¢5.000 colones puede costar ¢50.000.

Pero si quien alquila baja la renta de ¢10.000 a ¢6.000, es posible para usted también bajar su margen y vender más, ya no a ¢50.000, sino a ¢30.000. Y seguir ganando. El sector financiero es probablemente el mejor ejemplo de márgenes exorbitantes. En Costa Rica la inflación del año 2019 fue de 1.52% Las tasas de interés de las tarjetas de crédito oscilan entre 40 y 50% anual. ¿Se ve la diferencia? ¿Qué tan grandes –e ineficientes– pueden ser los costos de operación de un banco (o que tan grandes las ganancias), para cobrar entre 26 y 32 veces más que la inflación?

A los clientes no les interesa que haya muchas sillas de espera o que haya una máquina con una persona que te da boletos para esperar. O que haya un banco solo para mujeres.

Veamos las aseguradoras de fondos de pensiones que administran el FCL y el ROP; seguramente han visto más de una vez que las ganancias por sus fondos han sido bajas e incluso negativas. Pero todas las veces aparece una línea que dice “costos de administración”. ¿Por qué debo pagarle a alguien por hacerme perder dinero? Es decir, ¿pueden perder mi dinero pero ellos nunca pierden? Bueno, si quieren seguir administrando mi dinero, solo ganan si me hacen ganar y si no, asuman también parte de mi pérdida.

Los tiempos de la ganancia fácil han terminado. Ahora las empresas deben hacer esfuerzos sobresalientemente grandes para atraer a los cada vez más precavidos y desconfiados clientes. Es por eso que las empresas generosas serán las grandes ganadoras de la pandemia. Las empresas que se han comprometido con sus trabajadores, que van a reducir ganancias, o a perder dinero manteniendo a sus equipos de trabajo, se van a ver beneficiadas por clientes que valoran esos sacrificios. No podemos seguir financiando la avaricia o la ineficiencia.