Por: Emilio Zevallos.   21 julio
Carátula blog Pymescopio de Emilio Zevallos
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Ahora todos tenemos dos preocupaciones; (1) el aumento de los casos de COVID-19 y (2) las consecuencias económicas de permanecer “cerrados”. Las empresas y los gremios empresariales exigen la reapertura señalando las –sin duda– graves consecuencias para el empleo y los ingresos; pero, ¿alguien ha hecho una estimación de los costos asociados a reabrir la economía?

Para dar un cálculo preciso, no solo nos debemos enfocar en una parte de la realidad (el potencial ingreso), sino de todo el conjunto (los ingresos y costos). Aquí una estimación cualitativa a la que le podemos poner números.

El regreso de los locales comerciales está invariablemente conectado a mantener el distanciamiento social y promover la seguridad del consumidor. Entonces, las empresas tendrían que mejorar el protocolo de limpieza; y eso supone, mayores costos. Además, no pueden atender a “local lleno”, sino al 50%; entonces, menores ingresos. Los productos que toquen los clientes y no lleven, deberían ser limpiados (desinfectados) para minimizar posibles contagios; otra vez mayores costos.

Y, si me pongo más extremista (pero no irrealista), ¿qué tal si alguien asintomático va al local y eventualmente contagia a otros y se corre la voz de que en ese local alguien tenía COVID-19? Probablemente esto pueda parecer exagerado, y de hecho lo es. Sin embargo, hace algunas semanas se supo por las redes sociales que un trabajador de un establecimiento comercial tenía coronavirus, y aunque el sentido común indica que además de lamentarlo y desearle pronta mejoría no debería pasar nada más, hubo todo un show respecto de si se debería ir o no a tal establecimiento. Lamentable, pero cierto.

Ahora bien, cuando hablamos de reabrir, nos referimos a todas las actividades que puedan manejar bien el tema de la aglomeración: ¿Qué pasa con la feria del agricultor? Es probablemente la actividad donde los productores y consumidores tienen más necesidad, ya que unos necesitan recursos y los otros alimentos a precios módicos. ¿Se medirá con la misma vara a un supermercado que a la feria? En esa misma línea, ¿que un supermercado venda electrodomésticos, ropa o menaje de casa no le da una ventaja sobre comercios especializados que solo se dedican a una actividad? ¿Cómo manejamos el tema?

Hace unos días un colega me señalaba que los restaurantes son una necesidad de los trabajadores que no llevan almuerzo. ¿Qué opinan? Un trabajador probablemente va a una comida rápida, eventualmente a una soda. ¿Iría a un restaurant caro? ¿No es probable que lleve su propia comida?

Introduzcamos el argumento de la caída en los ingresos de las personas. No debo abrumarlos con el aumento del desempleo en un 20%, o la caída de ingresos de quienes no han podido regresar a trabajar porque su actividad está cerrada (como el turismo, o el gremio artístico). ¿Qué porcentaje de la población no ha visto mermados sus ingresos y puede seguir frecuentando restaurantes de varios tenedores? (Aquí podríamos además afilar los dientes de Hacienda para colocar un nuevo impuesto a la riqueza no afectada por la pandemia). ¿Ellos serán suficientes como para mantener a estos negocios a flote y seguir desarrollando sus encadenamientos productivos (desde dueños, saloneros, cocineros, proveedores de alimentos, y un largo etc.)? Además, al parecer, los cierres tampoco han sido muy efectivos en la reducción del contagio.

Desde mi punto de vista, veo más costos que beneficios en una apertura en estos momentos. Sin embargo, si la necesidad de los empresarios es reabrir; me parece razonable que se haga, con apego a un protocolo definido para cada sector y de cumplimiento estricto (asociado a multas y cierres). Si las personas quieren ir, pues que vayan. Pero se mantiene mi inquietud, ¿serán suficientes esas ventas para asegurar el empleo de quienes abran sus establecimientos?