Economía y Política

Columna Tributaria: Gravar o no el salario escolar

Hay que llegar a acuerdos y pronto, con sentido de oportunidad. De nada valdría alcanzar consensos cuando el FMI se harte de nosotros y la nave se hunda sin remedio

Política es el arte de lo posible. Hay un “núcleo duro” de diputados opuestos a gravar el salario escolar, y en campaña electoral esa decisión puede pasar factura.

Los proyectos de ajuste fiscal, necesarios para un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), no deben regirse únicamente por la necesidad de equilibrar las finanzas públicas. Ese es un objetivo necesario pero insuficiente: ni gobernantes ni diputados pueden abstenerse de aspirar a que el marco tributario sea justo. E inescindible de la justicia tributaria es que todos soportemos las cargas públicas en proporción a nuestra capacidad económica. Si el salario escolar es salario (Sala IV dixit), entonces esa manifestación de capacidad contributiva debe tributar igual que las demás remuneraciones públicas y privadas: misma base, misma tarifa, mismo período. Cualquier desviación es un privilegio injusto e injustificable.

¿Cómo conciliar realismo y justicia? Depende de qué entendamos por realismo. No caer en la tentación de entenderlo como Maquiavelo o Bismarck: el fin justifica los medios, la política a base de criterios válidos por sí mismos, la búsqueda del bien útil sin consideración del bien honesto, el utilitarismo.

Además de realpolitik, hay un realismo práctico, que no renuncia al bien común, aunque reconozca que es arduo. Implica alcanzar acuerdos, pero no a costa de principios; hacer propuestas “digeribles”, sin ceder al chantaje de qué quiero a cambio de mi voto. No es meta fácil, pero es la responsabilidad básica e irrenunciable de quienes escogimos, hasta el último minuto de su mandato.

Tampoco es irenismo buenista. No basta la buena voluntad. Se requiere habilidad técnica para estructurar proyectos de ley; capacidad de vencer obstáculos y convencer indecisos; sagacidad política para saber en qué y en quién confiar. Implica reconocer que la negociación no es un fin en sí mismo ni puede prolongarse indefinidamente. Hay que llegar a acuerdos y pronto, con sentido de oportunidad. De nada valdría alcanzar consensos cuando el FMI se harte de nosotros y la nave se hunda sin remedio.

¿Falta algo en mi “carta al Niño”?. Que la reforma fiscal no ahuyente sino atraiga inversión; que reinserte al 50% de la población expulsada a la informalidad; que asalariados e independientes tributen lo mismo tanto en renta como en cargas sociales; que facilite reactivación económica; que no se quede sólo del lado de los ingresos, sino también profundice sin miedo del lado del gasto…

Repensar la política como el arte de lo imposible.