La economía costarricense inicia el 2026 con señales claras de desaceleración, un entorno internacional más incierto y problemas estructurales que siguen sin resolverse. No se anticipa una crisis, pero sí un año de menor impulso, decisiones más cautelosas y riesgos que podrían recortar el crecimiento más allá de lo previsto.
Ese diagnóstico se repite en las proyecciones de entidades públicas y privadas, las cuales auguran un crecimiento que se moderaría después de tres años de expansión relativamente alta; un tipo de cambio estable, pero en niveles que exportadores y turismo consideran adversos; y una inflación baja, que algunos analistas leen como síntoma de debilidad productiva.
El telón de fondo mezcla coyuntura y estructura: año electoral, rezagos que encarecen la producción y amplían brechas entre sectores, y una incertidumbre internacional exacerbada por las barreras comerciales en Estados Unidos, las tensiones geopolíticas crecientes y la evolución —más impredecible que nunca— de la IA.
Sin colapsos, pero con lastres: así se perfila el 2026.
Las proyecciones
Entidades públicas y privadas coinciden en sus principales proyecciones económicas para este 2026, que recién empieza.
En términos generales, se espera que:
— La inflación se mantenga baja o negativa.
— El tipo de cambio continúe estable, en valores cercanos al actual (cerca de los ¢500).
— La tasa de política monetaria se mantenga como ahora o baje ligeramente.
— El crecimiento económico se desacelere y caiga por debajo del 4% que se ha superado en los últimos tres años (por encima del promedio reciente).
Se trata de un escenario en el que coinciden el Banco Central de Costa Rica (BCCR) y varias entidades consultadas por EF; puntualmente, el Banco Nacional (BN), el Banco de Costa Rica (BCR), el Instituto Nacional de Seguros (INS), el Grupo Financiero Acobo y la firma Consejeros Económicos y Financieros S.A. (Cefsa).
El desaliento
No es casualidad que la gran mayoría de entidades consultadas, incluido el Banco Central, estimen una desaceleración de la economía en 2026.
Dicha estimación se desprende de múltiples señales negativas, aunque tampoco críticas hasta este momento.
Estas son algunas de ellas:
— Misma dualidad, pero menos beneficiosa
Costa Rica acumula décadas de construir una economía de doble cara, que basa su éxito en las zonas francas y sus exportaciones, a pesar de que ese sector solo representa un 15% de la producción nacional y apenas produce una décima parte del empleo.
En contraposición, la gran mayoría de la producción local ha quedado en segundo plano.
Dicha realidad ha generado la división del tejido productivo del país en dos bloques muy distintos. Hasta el cierre del tercer trimestre de 2025, las empresas de zonas francas reportaban un crecimiento interanual de dos dígitos (superior a 15%); mientras que las empresas de la economía local apenas registraban un modesto 2,3%.
Esta situación podría cambiar en 2026, pero no precisamente para bien. No se han aplicado grandes reformas para incentivar un mayor crecimiento de la economía local y, más bien, se espera que el crecimiento en las empresas de regímenes especiales sea más limitado.
Según el Banco Central, las empresas de zona franca crecerían solo un 4,9% en este 2026; mientras que, en el plano local, el avance sería de un 3,3%.
Según el emisor, la previsión de un menor impulso de las empresas de zonas franca se basa en tres motivos principales. El primero es el crecimiento tan alto de 2025, que será difícil de replicar en este nuevo año; el segundo es la reciente salida de plantas manufactureras de empresas como Qorvo e Intel, cuyo vacío reducirá las exportaciones de servicios de manufactura; y el tercero son las políticas proteccionistas de Donald Trump, en Estados Unidos, que es el principal destino de las exportaciones costarricenses.
La situación la resumió en pocas palabras el presidente del BCCR, Róger Madrigal, en una reciente presentación del Informe de Política Monetaria, publicado en octubre. “En la parte externa del país confluyen varios choques”, resumió, “hay una menor tasa de crecimiento en los Estados Unidos, hay un impacto específico de los aranceles sobre Costa Rica y la salida de las dos empresas que se anunciaron desde el mes de junio”.
— Lentitud electoral
Otro factor que marcará a la economía costarricense en 2026, y que invita a pensar en un año más “lento”, se trata de las elecciones nacionales.
Los procesos electorales tienen un efecto similar en todas partes del mundo. No solo hacen que muchos actores económicos pospongan inversiones o contrataciones, sino que también suelen implicar una pausa en la generación de grandes políticas públicas o en el desarrollo de grandes proyectos que son necesarios para el desarrollo de la actividad económica.
A eso se suma que toda nueva administración debe iniciar una curva de aprendizaje y que, en Costa Rica, los nuevos gobiernos asumen hasta mayo; es decir, cuando ya casi ha pasado la primera mitad del año.
Daniel Ortiz, director ejecutivo de Cefsa, señaló que los años electorales siempre son momentos de “dudas”. “Siempre surgen dudas de lo que pueda pasar si se revisa la política monetaria, la política cambiaria, la planificación, sus áreas estratégicas y demás”, puntualizó.
— La política monetaria
Las entidades consultadas, al igual que el mismo Banco Central, estiman que la inflación se mantendría por debajo del rango meta en el 2026 —igual que viene pasando desde mediados de 2023—.
El BCCR no publica proyecciones puntuales de inflación; sin embargo, en su último Informe de Política Monetaria indicó que se espera que se retorne al rango de tolerancia de entre 2% y 4% hasta el segundo trimestre de 2027.
Esa contención en los precios es positiva para los bolsillos de la población en el corto plazo, pero genera estragos más allá de eso.
Rodrigo Cubero, expresidente del Banco Central, aseguraba en una reciente entrevista con EF que los bajos niveles de inflación son síntoma de una economía débil, “aunque puedan parecer muy bonitos en los titulares de los periódicos”. A la larga, explicó, “encarecen los salarios reales, desincentivan la generación de empleo, encarecen las deudas en términos reales y entronizan las expectativas de inflación baja o negativa, lo cual puede llevar a la posposición de decisiones de consumo e inversión”.
Economistas como Cubero achacan este fenómeno a una política monetaria del Banco Central que ha sido muy restrictiva en los últimos años, empleando tasas de referencia relativamente altas a pesar de que la inflación se mantuvo muy contenida. Asimismo, sostienen que esa movida ha sido uno de los factores que han empujado el precio del dólar a la baja, lo cual encarece las operaciones de las empresas exportadoras y turísticas.
Esa tesis, sin embargo, no es generalizada. También hay economistas como José Luis Arce, de FCS Capital, quien ha dicho en entrevistas que el tipo de cambio podría solo estar llegando a un nuevo punto de equilibrio, después de que el país superara choques como su crisis fiscal, la pandemia y sus consecuencias sobre las exportaciones o la atracción de turistas.
Según Pablo González, gestor de portafolios de Mercado de Valores, “no se observan fundamentales que reviertan el comportamiento del tipo de cambio” que se vio en 2025: un año marcado por un flujo de dólares que sigue siendo superavitario, tasas de interés que no incentivan a la dolarización y un comportamiento del BCCR orientado a aumentar reservas y evitar caídas más abruptas en el precio de la divisa.
El valor del dólar suma casi dos años en un nivel cercano a los ¢500. Este precio ha generado quejas entre algunos sectores como el turístico, pues aunque ya se ha asimilado contablemente ese impacto, persiste otro que relacionado con el costo que representa colonizar dólares a visitantes o empresas que reciben divisas como parte de sus ingresos, en especial si se comparan con otros países.
El Banco Central ha reducido lentamente su tasa de política monetaria (TPM), pero no es claro que vaya a continuar con esa tendencia. “Dada la trayectoria de las expectativas de inflación”, resumía la entidad en octubre, “se estima que el nivel actual de la TPM está en un valor coherente con una postura de política monetaria neutral”.
La tasa llegó a colocarse en un 9% entre octubre de 2022 y marzo de 2023 (en medio de la crisis inflacionaria posterior a la pandemia), se redujo hasta un 6% al cierre de 2024 y ya había caído a 3,25% para finales del 2025.
El cambio del gobierno podría traer consigo nuevos aires en esta materia, aunque no de forma inmediata. La nueva administración solo podría cambiar al presidente del BCCR hasta mediados de 2027, pero varios candidatos plantean reformas a la política del emisor para que considere no solo el impacto de sus decisiones sobre los precios sino también sobre la productividad y la competitividad del país.
González explicó que este año “se podrían esperar algunos recortes adicionales, aunque mínimos” en la TPM; aunque todo dependerá de que no surjan más riesgos inflacionarios internacionales.
— Rezagos estructurales y agravados
Además de todas las cuestiones coyunturales, el país enfrenta problemas estructurales de difícil solución y que tampoco parecen que se vayan a solventar en lo que queda de la actual administración del presidente Rodrigo Chaves o en los primeros meses del nuevo gobierno.
Desde hace años se cuestiona el diseño del sistema de cargas sociales o se menciona el colapso de las vías y los medios de transporte público; y ahora también se suman las nuevas crisis en educación y seguridad pública, cuyo deterioro es percibido por la mayoría de los ciudadanos, según los estudios de opinión pública disponibles.
Todas estas cuestiones dificultan y encarecen la producción del país, según advierten múltiples estudios; al igual que lo hacen la falta de políticas públicas más contundentes y con mejores indicadores de desempeño para sectores clave como el agro o la industria interna.
González considera que los retos internos del país “siguen apuntando a procurar un crecimiento más uniforme de la economía y más atención a los sectores que se han visto abandonados”. Sin embargo, en solo un año —y más aún en año electoral—, las posibilidades de grandes cambios son bajas.
— Más riesgos internacionales
Por último, más allá de la política comercial de Trump en Estados Unidos, existen múltiples riesgos internacionales que incluso podrían hacer del 2026 un año más caótico.
Las guerras en Europa del Este y Medio Oriente siguen sin llegar a su final, Estados Unidos recién decidió tomar el control de Venezuela por la fuerza y continúan las tensiones entre China y Estados Unidos por la influencia en Taiwán. Dicha inestabilidad siempre genera presiones sobre el comercio internacional y sobre los cimientos más básicos de la actividad económica.
Otro factor no menor es el avance que puedan tener —o dejar de tener— las empresas de la inteligencia artificial (IA), cuya evolución es incierta y donde cualquier cambio de dirección podría ser clave para el mercado laboral o el mercado de los valores, entre muchos otros.
Las inversiones en este campo han alcanzado niveles estratosféricos y hoy tiñen de incertidumbre al planeta por sus eventuales retornos... o su ausencia.
¿Bueno o malo?
Responder a la pregunta de si 2026 será un año bueno o malo para Costa Rica es complejo. Para empezar, las proyecciones pueden variar en cualquier momento, producto de fenómenos inesperados.
El cuadro de entrada, sin embargo, no luce como un año de crisis, pero sí con menor dinamismo y mayores incertidumbres.
La pregunta no es solo cuánto crecerá la economía, sino qué tan extendidos serán sus beneficios, y cuánto podrá sostenerse en medio de riesgos internos y externos de difícil resolución.
