Durante tres décadas, el régimen de zonas francas ha sido un modelo de éxito económico en Costa Rica. Alberga empresas de dispositivos médicos, firmas tecnológicas, centros de servicios compartidos y multinacionales que abrieron miles de puestos para personal bilingüe, técnicos, ingenieros, contadores, analistas y profesionales de áreas administrativas.
La fórmula parecía clara: incentivos fiscales, estabilidad política, cercanía con Estados Unidos, talento humano y una promesa de operar en un país distinto al resto de Centroamérica. El modelo no solo aumentó las exportaciones; también ayudó a transformar el mercado laboral, elevó la demanda por el dominio del inglés y creó una ruta de empleo formal para una parte relevante de la población urbana.
Pero los datos recientes introducen una pregunta que el país no puede esquivar: ¿se agotó el modelo o llegó a su límite el tipo de inversión que Costa Rica aprendió a atraer?
A julio pasado, las empresas bajo régimen de zona franca registraban 200.203 personas asalariadas, 2.205 menos que las contabilizadas en el mismo mes del año anterior. La caída interanual de 1,1% es la primera en siete años, según datos del Sistema Centralizado de Recaudación de la Caja Costarricense de Seguro Social (Sicere), publicados por La Nación.
El empleo alcanzó su punto más alto en octubre del año anterior, cuando llegó a 203.045 trabajadores. Desde entonces, el régimen acumuló una reducción de 2.842 plazas, equivalente a un 1,4%. El número todavía se mantiene cerca de su máximo histórico, por lo que no describe un derrumbe. Sí evidencia, no obstante, que el motor dejó de acelerar y empezó a retroceder.
La pregunta no es menor porque las zonas francas siguen siendo centrales para la economía nacional. A julio, Costa Rica exportó bienes por $13.821 millones y las empresas bajo este régimen aportaron $9.309 millones, es decir, el 67,3% del total. La plataforma exportadora sigue fuerte. El empleo, en cambio, comienza a desacoplarse de ese desempeño. La explicación está en el tipo de inversión que el país conserva y en el tipo de inversión que está perdiendo fuerza.
La manufactura sigue sosteniendo el modelo
No todos los sectores de zona franca enfrentan la misma realidad. La manufactura avanzada, las ciencias de la vida y los dispositivos médicos mantienen un peso estratégico para Costa Rica. Son actividades vinculadas con plantas de producción, ingeniería, control de calidad, cumplimiento regulatorio, maquinaria especializada, certificaciones internacionales y cadenas de proveedores que no pueden trasladarse de un país a otro con la facilidad de una función administrativa.
Sin embargo, tampoco se trata de la manufactura de hace dos décadas. Las nuevas plantas demandan más automatización, procesos digitales, robótica, control de datos, ingeniería y equipos de precisión.
Marianella Urgellés, directora general de CINDE, resume el cambio como una transformación de la relación entre inversión y empleo. Las compañías pueden aumentar sus exportaciones, su capital invertido y hasta el salario promedio de sus planillas sin contratar personas al mismo ritmo que antes.
En el segmento de ciencias de la vida, señala Urgellés, la automatización y la transformación digital se encuentran entre las prioridades estratégicas de las empresas a mediano plazo. El reto no es únicamente evitar que la tecnología sustituya puestos, sino impedir que Costa Rica se rezague frente a los estándares globales en inteligencia artificial y digitalización industrial.
Esa diferencia importa. Si el país no desarrolla capacidades de automatización, análisis, ingeniería y manufactura inteligente, puede perder inversiones futuras. Pero si logra hacerlo, el resultado no necesariamente será una expansión masiva de empleo, sino la posibilidad de obtener puestos más especializados y mejor pagados.

El ajuste se siente en el sector de servicios
La mayor presión está en los servicios empresariales. Durante años, Costa Rica se convirtió en sede de centros de atención al cliente, finanzas, contabilidad, recursos humanos, tecnología, compras, soporte administrativo, análisis de datos y servicios corporativos para multinacionales.
Ese segmento se expandió porque el país ofrecía profesionales bilingües, proximidad horaria con Norteamérica y un entorno institucional más estable que otros destinos de la región. Las funciones iniciales eran, en buena medida, transaccionales: atención de consultas, procesamiento de pagos, soporte de sistemas, conciliaciones, trámites, gestión de cuentas y tareas repetitivas.
Con el tiempo, algunas operaciones evolucionaron hacia finanzas, tecnología, cumplimiento, analítica y servicios de mayor complejidad. Pero otra parte del modelo sigue expuesta a los cambios que hoy reordenan los servicios globales: inteligencia artificial, automatización robótica de procesos, plataformas de autoservicio, estandarización de tareas y consolidación de centros en menos países.
“Sí, se ha visto una tendencia para que los proyectos de servicios se ejecuten con una cantidad menor de personas. La automatización y uso de nuevas tecnologías podrían ser situaciones que tengan alguna incidencia. Los procesos de manufactura al requerir una intervención más directa de los colaboradores podría ver una menor reducción de su población”, comentó Alejandra Arguedas, asociada de la firma EY, con experiencia en proyectos de inversión extranjera.
El caso de Western Union —uno de los más recientes— ilustra esa dinámica. La compañía confirmó que reducirá gradualmente el tamaño de su Centro de Operaciones en Costa Rica durante los próximos 12 meses. La empresa aseguró que mantendrá presencia activa en el país y que sus servicios de envío y recepción de dinero no se interrumpirán. Sin embargo, también comunicó que trasladará su centro regional de soporte para las Américas a Guatemala y reubicará funciones hacia Guatemala, Lituania y Filipinas.
La relevancia del caso no está solo en la cantidad eventual de empleos. Western Union muestra cómo funciona el nuevo mapa de servicios corporativos: una empresa puede mantener operaciones en Costa Rica, trasladar una parte de sus funciones a otros países e incluso incorporar tareas nuevas, pero terminar con una planilla menor. No es una salida total; es una redistribución dentro de una red global en la que cada función se ubica donde la empresa encuentra la mejor combinación de costo, idioma, capacidad técnica, escala y cercanía con sus mercados.
Amazon representa otra señal de la vulnerabilidad de los servicios ante decisiones corporativas globales. La compañía anunció en enero la eliminación de alrededor de 16.000 puestos a nivel global. El mensaje interno llegó también a trabajadores en Costa Rica, aunque la empresa no detalló cuántas posiciones locales serían afectadas.
En el caso de Qorvo, a finales del año pasado, la empresa afirmó que cerró su instalación de Costa Rica y trasladó la operación a socios externos. Qorvo se relaciona con el sector de semiconductores, no con el modelo tradicional de centros de servicios empresariales, pero su salida evidencia que los cambios de estrategia corporativa pueden afectar operaciones locales incluso en industrias tecnológicas avanzadas.
Los ajustes globales también alcanzan a compañías que operan fuera de los centros de servicios más tradicionales. Intel inició en 2025 la consolidación de sus operaciones de ensamblaje y prueba en Costa Rica hacia instalaciones de mayor escala en Vietnam y Malasia, un proceso que espera completar a finales de 2026. La decisión forma parte de una revisión mundial de su red de manufactura y de su gasto de capital; la empresa también redujo el ritmo de su proyecto en Ohio y canceló expansiones previstas en Alemania y Polonia.
Boston Scientific, por su parte, aprobó en julio un programa de reestructuración global que se extenderá hasta 2029 y busca generar ahorros anualizados cercanos a $500 millones mediante la optimización de la cadena de suministro, transformación de funciones, cambios organizacionales y reducción de gastos indirectos. El plan contempla algunas reducciones de personal, pero la empresa no ha informado cuántas plazas podrían verse afectadas en Costa Rica ni ha detallado las áreas locales involucradas.

¿El país perdió atractivo para el inversionista?
Laura López, gerenta general de Procomer, sostiene que una reducción puntual de empleo no puede leerse por sí sola como el agotamiento del modelo. Entre 2024 y 2025, Costa Rica superó consecutivamente los $5.000 millones anuales en flujos de inversión extranjera directa. Entre 2023 y 2025, el país atrajo más de 175 nuevos proyectos y registró más de 500 reinversiones.
La entidad también reporta que entre 2023 y lo que va de 2026 se contabilizaron 250 nuevos ingresos al régimen de zona franca, con una inversión mínima superior a $550 millones y más de 8.900 empleos comprometidos. A esto se suman más de 145 ampliaciones, con más de $359 millones de inversión adicional y más de 3.900 empleos comprometidos.
Procomer señala que el 76% de los proyectos confirmados en los últimos cinco años eligió instalarse en Costa Rica por el talento humano —según datos de Financial Times—, con un perfil que ha evolucionado desde los puestos de entrada que impulsaron el crecimiento inicial de los centros de servicios hacia especialidades de alta complejidad como programación, ciencia de datos, inteligencia artificial, machine learning, servicios en la nube, blockchain, ciberseguridad, automatización, realidad virtual, ingeniería, manufactura médica y dispositivos de precisión. Es decir, el país todavía atrae inversión, pero compite por trabajos sustancialmente diferentes.
El precio de seguir compitiendo en el juego global
La Asociación de Zonas Francas (Azofras) sostiene que la desaceleración del empleo debe leerse como una advertencia directa sobre el costo de operar en Costa Rica. La asociación advierte que el entorno para las multinacionales se volvió más exigente, con aranceles, automatización, mayor competencia por atraer inversión y decisiones de expansión tomadas con más cautela.
Su principal señalamiento apunta al tipo de cambio. Según Azofras, la apreciación del colón durante los últimos cuatro años encareció en 30% la operación local de empresas que reciben ingresos en dólares, pero pagan salarios, servicios, alquileres y cargas obligatorias en colones. A esto se suman tarifas eléctricas y cargas sociales que, en un mercado global, se comparan de forma directa con los costos de otros países de la región.
La asociación plantea que Costa Rica debe discutir medidas como las jornadas laborales excepcionales, la armonización del sistema eléctrico y una revisión de las cargas sociales. Son reformas sensibles porque involucran derechos laborales, política energética y el financiamiento de la seguridad social, pero Azofras considera que posponerlas puede limitar la capacidad del país para retener operaciones y captar expansiones estratégicas.

La necesidad de actualizar la propuesta de valor
Alexander Mora, exministro de Comercio Exterior, considera que el régimen de zonas francas conserva relevancia, pero requiere una actualización urgente de su propuesta de valor. La discusión no debería reducirse a si el país mantiene o no incentivos fiscales, sino a si cuenta con las condiciones estructurales para competir por las operaciones de mayor complejidad que las multinacionales buscan instalar en la actualidad.
El cambio es evidente en el sector de servicios. Costa Rica construyó una base importante de trabajadores bilingües y logró atraer centros de atención al cliente, finanzas, contabilidad, recursos humanos, tecnología y soporte corporativo. Ese modelo permitió crear empleo formal y conectar a miles de personas con empresas globales durante tres décadas.
Sin embargo, las funciones más transaccionales enfrentan ahora una presión creciente por automatización, inteligencia artificial, autoservicio digital y la consolidación de centros regionales. La competencia ya no se limita a qué país ofrece personas que hablen inglés, sino a cuál puede proveer especialistas en análisis de datos, inteligencia artificial, ciberseguridad, ingeniería, automatización, finanzas complejas y gestión de operaciones globales.
Mora plantea que Costa Rica debe reforzar la manufactura avanzada y los dispositivos médicos, que siguen siendo una de las principales fortalezas exportadoras del país, pero al mismo tiempo diversificar la cartera de inversión. Entre las áreas con potencial menciona semiconductores y microelectrónica, servicios de conocimiento, ciberseguridad, inteligencia artificial, manufactura de precisión, sector aeroespacial, movilidad eléctrica y agrotecnología de mayor valor agregado.
El objetivo sería reducir la dependencia de pocos sectores y evitar que la salida o reducción de una multinacional tenga un impacto tan severo sobre las cifras generales de empleo. Una estrategia más diversificada no elimina los riesgos globales, pero da al país más posibilidades de compensar ciclos adversos en servicios empresariales, manufactura o tecnología.
En lugar de esperar la llegada de una empresa para iniciar programas de capacitación, Costa Rica tendría que identificar los sectores que quiere atraer y preparar con anticipación a técnicos, ingenieros, programadores, analistas, especialistas en datos y profesionales de manufactura avanzada.
Cinde ha advertido que la combinación histórica de incentivos fiscales, talento bilingüe y estabilidad institucional todavía es valiosa, pero ya no alcanza por sí sola para ganar proyectos frente a países que ofrecen costos de operación más bajos, energía más competitiva, mejor infraestructura o incentivos más agresivos. El reto no es abandonar el modelo de zonas francas, sino evitar que el país siga vendiéndose únicamente como un destino para mano de obra relativamente barata y bilingüe.
Un modelo que no murió, pero se transformó
La evidencia no permite afirmar que Costa Rica “mató” la gallina de los huevos de oro. Las zonas francas siguen aportando el 67,3% de las exportaciones de bienes, sostienen más de 200.000 empleos asalariados y mantienen una cartera activa de nuevas inversiones y reinversiones en el país.
Pero la naturaleza de esa inversión cambió. La inversión de nueva generación requiere más capital, tecnología, automatización y conocimiento especializado, y menos puestos de carácter transaccional. El país puede celebrar la llegada de una fábrica más avanzada, una operación basada en la nube, un centro de ciberseguridad o una unidad de inteligencia artificial, pero esas actividades no necesariamente contratarán la misma cantidad masiva de personas que los antiguos centros de atención al cliente.
“Otro factor importante por considerar es la diversificación del tipo de empresas que hemos buscado para ese modelo, el cual se ha basado en tecnología, implementos médicos y customer service. Hay una oportunidad enorme en diversificar el tipo de empresas que estamos atrayendo y en sectores de suma importancia a nivel mundial que están creciendo al mismo ritmo de la tecnología como son semiconductores y microelectrónica, ciberseguridad e inteligencia artificial (servicios KPO), aeroespacial y automotriz eléctrica (manufactura de precisión), agrotecnología de valor agregado (agtech), entre otros”, consideró Orlando Elizondo, asesor de negocios.
La respuesta del país no debería ser elegir entre empleo y productividad. Costa Rica necesita ambas cosas: sostener la manufactura avanzada que respalda sus exportaciones y rediseñar la propuesta para servicios de mayor complejidad, donde la automatización no sustituya tan fácilmente la participación humana.
La competencia internacional ya no se gana únicamente con exoneraciones fiscales y personas que hablen inglés. Se gana con energía competitiva, infraestructura confiable, regulación ágil, formación técnica de alto nivel, talento especializado, encadenamientos con proveedores locales y capacidad estatal para responder con rapidez a las exigencias de un inversionista global.

LEA MÁS: Trabajaron, ascendieron y salieron de multinacionales en Costa Rica pero ahora emprenden con éxito
