Costa Rica está bien posicionada en los indicadores de desigualdad salarial entre hombres y mujeres dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), pero la baja participación de mujeres en el mercado laboral estaría frenando un posible crecimiento anual del PIB.
Mientras la brecha de desigualdad promedio de la OCDE se ubica en un 11,5%, en territorio nacional es de un 4,2%. Esto lo convierte en el quinto país bajo, superado únicamente por Luxemburgo, Bélgica, Colombia e Italia.
Ese dato, en apariencia positivo, convive con una realidad menos favorable: la participación de las mujeres en el mercado laboral costarricense es considerada como “baja” por la OCDE e, incluso, muestra signos de deterioro en los últimos años.
El informe advierte que el rezago en la integración de las mujeres al empleo formal no genera solo un problema de equidad, sino también de crecimiento.
De hecho, por medio de simulaciones de largo plazo, la entidad calcula que cerrar las brechas de género en la participación laboral y en las horas trabajadas podría aumentar el Producto Interno Bruto (PIB) potencial per cápita de Costa Rica en unos 0,5 puntos porcentuales por año.
Sin embargo, un factor a tomar en cuenta es que el PIB potencial no se refiere a la producción actual de la economía, sino a la cantidad de bienes y servicios que el país podría producir de forma sostenible si utiliza plenamente sus recursos (como trabajadores, capital y tecnología), sin generar presiones inflacionarias.
Andrés Fernández, economista del Consejo de Promoción de la Competitividad (CPC), explicó que, cuando la OCDE estima que cerrar las brechas de género en participación laboral podría generar ese efecto, no se refiere a un aumento único de 0,5%, sino a una mejora permanente en la capacidad de crecimiento de la economía.
“Aunque medio punto porcentual puede parecer poco, en realidad es un efecto importante porque se acumula año tras año. Por ejemplo, una economía que crece al 2% anual prácticamente duplicaría su ingreso per cápita en unas tres décadas, pero si crece al 2,5% anual, el nivel alcanzado al final del período sería alrededor de un 16% mayor. Es decir, pequeñas diferencias en las tasas de crecimiento generan grandes diferencias en bienestar cuando se observan en horizontes largos”, comentó.
Brecha se convertiría en rezago
La OCDE vincula directamente esas brechas con factores estructurales muy específicos en el caso costarricense.
Por ejemplo, señala la limitada disponibilidad y cobertura de servicios de cuido, la alta informalidad y diversos desincentivos en el sistema tributario y de prestaciones como elementos que restringen la incorporación de las mujeres al empleo formal y de calidad.
Las diferencias en participación y horas trabajadas que cuantifica se reflejan también en la base de la pirámide de ingresos.
Según el IV Informe de Brechas Financieras entre Hombres y Mujeres, al cierre de 2024 había 1,16 millones de mujeres fuera de la fuerza de trabajo, frente a 665.000 hombres; además, el 26,5% de las mujeres mayores de 15 años no tenía ingresos propios, más del doble que en el caso de los hombres (11,5%).
Dicho estudio, desarrollado entre varias entidades como el Consejo Nacional de Supervisión del Sistema Financiero (Conassif), el Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC), la Asociación Bancaria Costarricense (ABC) y el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), advierte cómo un rezago en la autonomía económica es la antesala de las desigualdades que luego aparecen en pensiones, acceso al crédito y acumulación de activos.
Para ilustrarlo, lo plantea de la siguiente manera: en el régimen de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM), las mujeres pensionadas reciben en promedio ¢285.105 mensuales, frente a ¢372.777 en el caso de los hombres, una brecha del 30,8%.
A abril de 2025, por cada 100 hombres afiliados al sistema nacional de pensiones hay solo 68 mujeres, lo que refleja una cobertura previsional significativamente menor para ellas. Este patrón confirma que la desigualdad de género en el mercado laboral se traslada casi intacta a la vejez.
En otra área, a diciembre de 2024 las mujeres representaban el 45,7% de las personas con créditos activos, pero recibían montos promedio de ¢11,8 millones, frente a ¢13,7 millones en el caso de los hombres.
Es decir, por cada colón de deuda otorgado a ellos, las mujeres concentran solo ¢0,73, lo que implica una brecha estructural del 27% en el saldo total de crédito.
Una brecha salarial solo compara cuánto ganan las personas que ya tienen empleo, de modo que puede esconder las diferencias más profundas: quiénes logran entrar, o no, al mercado de trabajo.
Costa Rica tiene la segunda tasa de participación laboral femenina más baja de la OCDE, solo por encima de Turquía. Mientras en la mayoría de las economías desarrolladas más del 70% de las mujeres forma parte de la fuerza de trabajo, la tasa costarricense se mueve apenas alrededor del 50%.
Fernández aclaró que también importa separar dos conceptos que suelen mezclarse: participación y ocupación. La participación mide cuántas mujeres están trabajando o buscando trabajo; la ocupación, cuántas efectivamente tienen un empleo.
“Actualmente, alrededor del 62% de los hombres en edad de trabajar tiene empleo, frente a apenas un 38% de las mujeres. Es decir, la principal brecha no parece estar en cuánto ganan las mujeres que logran insertarse en el mercado laboral formal, sino en las dificultades que enfrentan muchas de ellas para participar y mantenerse ocupadas”, aseguró.
En otras palabras, el país subutiliza una parte relevante de su capital humano: mujeres con la disposición de incorporarse al mercado laboral enfrentan más obstáculos para hacerlo y, después, permanecer en él.

