Por: José David Guevara Muñoz.   28 diciembre, 2018
Una bandera de Costa Rica en una grúa de construcción... ¿por qué interpretar esta imagen como un augurio de que el 2019 será un año en el que los costarricenses edificaremos juntos?
Una bandera de Costa Rica en una grúa de construcción... ¿por qué interpretar esta imagen como un augurio de que el 2019 será un año en el que los costarricenses edificaremos juntos?

Una cúpula de 3,2 kilómetros de ancho para cubrir gran parte del centro de Manhattan, una ciudad edificada en niveles para evitar la propagación de epidemias en Milán, un edificio de cinco plantas y con forma de elefante para rendir tributo al rey francés Luis XV, una pirámide-cementerio de 94 pisos, erigida sobre un terreno de 7,3 hectáreas y con capacidad para cinco millones de difuntos en Londres, y un rascacielos de cristal en el Berlín de 1922.

Esas y muchas otras estructuras excepcionales, planteadas en distintas épocas de la historia, tienen en común el hecho de que no se hicieron realidad. No pasaron de ser meros proyectos, ideas, propuestas o sueños que se quedaron en el papel; ninguna de ellas superó la etapa del diseño, el plano, el trazo. Las que avanzaron más, se atoraron en la fase de maqueta.

Obras que fueron cimentadas en las mentes de los artistas, pero jamás se concretaron. Parientes lejanos de la torre de Babel del capítulo 11 del Génesis, con la cual los hombres pretendían llegar al cielo.

Así ocurrió con todas esas iniciativas debido a muy diversas razones: no se contaba con suficiente financiamiento, diferencias irreconciliables de criterios entre arquitectos y clientes, cambios repentinos de opinión, obstáculos estructurales, leyes insuperables y posiciones conservadoras.

Por ejemplo, a finales de la década de 1660 el clero londinense rechazó la oferta inicial del arquitecto Christopher Wren para construir una nueva Catedral de San Pablo; la calificaron de modesta. Igual suerte corrió la segunda proposición, solo que esta fue vetada por su desapego a los cánones tradicionales. Muy moderna, de avanzada.

Estos casos son expuestos en detalle y con ilustraciones en el libro La arquitectura fantasma, del escritor inglés Philip Wilkinson (1955) y publicado por la editorial española Blume.

“Nuestros ‘trapitos de dominguear’ más nuevos son un puente obsequio de Taiwán, un estadio cortesía de China, una autopista a la que no le luce el adjetivo de “moderna” y un tren resucitado a duras penas. Claro, también hay que sumar el recién inaugurado Centro Nacional de Congresos y Convenciones de Costa Rica y el próximo inicio de operaciones de la Terminal de Contenedores de Moín (TCM)”.

Eso sí, no todo es negativo ni sombrío. También hay logros muy positivos: el recién inaugurado Centro Nacional de Congresos y Convenciones de Costa Rica, ubicado en Barreal de Heredia, y el próximo inicio de operaciones de la Terminal de Contenedores de Moín (TCM), a cargo de la concesionaria APM Terminals.

Se me hace imposible leer esta obra y no pensar de inmediato en Costa Rica, un país que en los siglos XIX y XX se atrevió a construir bases firmes para su desarrollo social, político y económico; se le dio un decidido y visionario impulso a temas vitales y estratégicos como educación, salud, electrificación, telefonía, acueductos. puertos y aeropuertos, institucionalidad democrática, Estado de derecho, abolición del ejército, apertura de la economía, garantías sociales, sistema financiero y todos los etcéteras de los que nos enorgullecimos durante muchos años.

Por ejemplo, nuestra capital estrenó cañería en 1868 y el 9 de agosto de 1884 se convirtió en la tercera ciudad en el mundo en contar con alumbrado público eléctrico; la primera fue Nueva York y la segunda, París. En esos años estrenamos tranvía y servicio de telégrafos.

Asimismo, durante el primer gobierno de Cleto González Víquez (1906-1910) las letrinas empezaron a desaparecer y ser sustituidas por inodoros gracias a las redes de cloacas y cañerías que fuimos capaces de construir.

La lista de obras para el desarrollo es muy amplia; concluyo evocando la importante inversión en infraestructura educativa realizada durante la presidencia de León Cortés Castro (1936-1940), cuyo mandato es recordado como el “gobierno de la varilla y el cemento”.

Un respiro...

Sin embargo, de repente nos dio por caminar hacia atrás y pasamos de ser una nación valiente y con la mira puesta en el futuro a una medrosa, cortoplacista y nostálgica por el pasado. Adoptamos, para infortunio nuestro el famoso “nadadito de perro” del que habla el economista Eduardo Lizano.

Nos dormimos en los laureles. Nos anestesiaron los éxitos del pasado. Nos sedaron las viejas glorias. Empezamos a vivir de las herencias. Usted conoce la historia: no pasamos de proyectos, diagnósticos, análisis, buenas intenciones, foros de discusión. Al igual que la cúpula para Manhattan, la ciudad en niveles para Milán y el rascacielos de cristal para Berlín, la mayoría de las propuestas se han estancado en la etapa del diseño, el plano, el trazo.

Soñamos, como el dios griego Morfeo. Perdemos el tiempo, como Sísifo, cargando una pesada roca que no terminamos de colocar en su lugar. Nos falta la determinación de Odiseo para imaginar y erigir el caballo de Troya y ganar las nuevas batallas.

Por eso no nos toma por sorpresa lo que Edna Camacho, ministra coordinadora del equipo económico del gobierno de Carlos Alvarado Quesada, dijo el 20 de noviembre anterior, durante el evento Posibles escenarios económicos para el 2019, organizado por El Financiero: “Los retos antiguos se juntaron con los retos nuevos”. No podía ser de otra manera en un país donde hemos postergado decisiones importantes, pateado la bola de manera irresponsable.

Esa declaración me hizo recordar las contundentes palabras que el actual ministro de Obras Públicas y Transportes, Rodolfo Méndez Mata, me dijo al final de una entrevista que le hice 20 años atrás, cuando él ocupaba el mismo cargo pero en la administración Rodríguez Echeverría: “No le quepa la menor duda de que cuando este Gobierno termine, usted podrá viajar de San José a San Ramón sobre una autopista moderna”.

La prolongada demora no es culpa de don Rodolfo, sino de un sistema experto en entrabar, obstaculizar, impedir que muchos planes avancen. Hemos confundido democracia con inmovilidad y obstrucción.

Por eso nuestros “trapitos de dominguear” más nuevos son un puente obsequio de Taiwán, un estadio cortesía de China, una autopista a la que no le luce el adjetivo de “moderna” y un tren resucitado a duras penas, pero que aún no sale de la unidad de cuidados intensivos.

Eso sí, no todo es negativo ni sombrío. También hay logros muy positivos: el recién inaugurado Centro Nacional de Congresos y Convenciones de Costa Rica, ubicado en Barreal de Heredia, y el próximo inicio de operaciones de la Terminal de Contenedores de Moín (TCM), a cargo de la concesionaria APM Terminals.

Sin embargo, es mucho lo que queda por hacer.

Afortunadamente, despedimos el 2018 con un respiro, un viso de esperanza: un Gobierno, un amplio sector de la oposición y una Sala Constitucional que le dieron luz verde a un proyecto fiscal que Costa Rica no podía postergar una vez más, luego de que las reformas impulsadas en los gobiernos de Abel Pacheco (2002-2006) y Laura Chinchilla (2010-2014) no superaron la prueba en dicha instancia judicial.

¿Será ese el primero de varios pasos que da Costa Rica en procura de volver a transitar sobre la senda que le deparó tantas satisfacciones en los siglos XIX y XX? Aunque soy consciente de los múltiples y grandes escollos políticos, sociales y económicos que hay en el camino, alimento la esperanza de que el 2019 sea un año en el que el deseo de construir un país mejor para todos supere la actitud mezquina de empecinarse en destruir.

En esto pensé hace pocos días, cuando pasé cerca de una grúa de construcción en la que ondeaba una bandera de nuestro país. Brindo por un nuevo año de obras concretas en lugar de proyectos fantasma.