Por: Stefan Gerlach.   5 julio
El próximo presidente del BCE, quien sustituirá al economista italiano Mario Draghi a partir de octubre, debe reflejar la diversidad de la eurozona. Debería nombrarse a la mejor persona y ningún estado miembro de la UE tiene un monopolio sobre los buenos candidatos.
El próximo presidente del BCE, quien sustituirá al economista italiano Mario Draghi a partir de octubre, debe reflejar la diversidad de la eurozona. Debería nombrarse a la mejor persona y ningún estado miembro de la UE tiene un monopolio sobre los buenos candidatos.

Uno no puede evitar la sensación de que la carrera para suceder a Mario Draghi como presidente del Banco Central Europeo ha adquirido ribetes de la inminente final del Festival de la Canción de Eurovisión. Los gobiernos quieren que gane un candidato de su país porque eso los hace parecer buenos, no porque el candidato necesariamente vaya a mejorar las políticas del BCE.

Una votación en bloque, que enfrentaría entre sí a los miembros del norte y del sur de la Unión Europea, casi con certeza será una característica del proceso de nombramiento. Y, absurdamente, algunos analistas sostienen que es el turno de que gane su país.

Claramente, es una estrategia equivocada. Por el contrario, los estados que integran la UE deberían preguntar qué criterios deben cumplir los candidatos para ser un presidente efectivo del BCE, y luego buscar a la persona que mejor los reúna. Se destacan tres requerimientos.

Primero, el presidente debe ser un jugador de equipo. Los periodistas y los analistas que no han estado de acuerdo con la postura poco convencional del banco bajo la conducción de Draghi suelen olvidar que el presidente del BCE no establece la política, sino que preside las reuniones del Consejo de Gobierno en las que se toman las decisiones en torno de las políticas.

Si bien a estos críticos sin duda les gustaría que el nuevo presidente acabara con los últimos diez años de decisiones del BCE, no hay nada que sugiera que los otros miembros del Consejo de Gobierno vayan a permitir que esto suceda. Por el contrario, tienen buenos motivos para considerar que sus decisiones previas han sido sorprendentemente efectivas, teniendo en cuenta los terribles problemas que ha tenido que enfrentar el BCE. Los futuros historiadores monetarios probablemente coincidan.

Es más, nombrar un presidente que haya estado marcadamente en contra de las decisiones previas del BCE podría dificultar aún más la tarea de forjar los amplios acuerdos en el Consejo de Gobierno que son el sello de una buena formulación de políticas. Arriesgarse a un BCE disfuncional no parece una decisión sabia en este momento.

Antecedentes sólidos

Segundo, el presidente del BCE necesita tener antecedentes económicos sólidos. Es verdad, el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, no tiene un doctorado en la ciencia lúgubre y, en privado, el personal de la Fed suele elogiar su comprensión minuciosa de la economía. Pero Powell es una rara excepción a la regla de que una base esencial en el tema es esencial para los presidentes del banco central.

Algunos pueden decir que, al igual que volar un avión de pasajeros, establecer la política monetaria no es tarea difícil. Eso puede ser válido en tiempos comunes, cuando apelar a lineamientos cuantitativos simples como la Regla de Taylor resultará en decisiones políticas muy apropiadas. De la misma manera, un copiloto con relativamente poca experiencia no tendrá problemas para volar un avión la mayoría de las veces.

Pero las cosas son diferentes en una crisis, cuando los conceptos económicos prevalecientes, como la relación inversa entre inflación y desempleo planteados por la Curva de Phillips, suelen desmoronarse y las soluciones de los libros de textos ya no funcionan. Y, como la incertidumbre normalmente se dispara, los bancos centrales tienen que actuar de manera rápida y decisiva para impedir que los problemas se enquisten por las expectativas.

Por supuesto, los banqueros centrales siempre buscan la ayuda de sus asesores. Sin embargo, en una crisis, el consejo en materia de políticas suele ser contradictorio. Es más, los abogados muchas veces aconsejan que una idea política innovadora puede dar lugar a desafíos legales y, por lo tanto, es mejor evitarla. Por ende, no sorprende que los bancos centrales muchas veces sean criticados por hacer demasiado poco demasiado tarde.

De la misma manera que los pasajeros quieren que haya a cargo un capitán experimentado cuando su avión presenta algún problema, una crisis económica o financiera exige un banquero central con una visión clara de lo que hay que hacer y la confianza para tomar medidas decisivas. Eso, a su vez, exige que entienda de primera mano los problemas que podrían surgir. Una razón por la que la Fed respondió con tanta celeridad y efectividad después del colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008 fue que su presidente, Ben Bernanke, había pasado gran parte de su carrera como profesor de Economía estudiando los errores de política monetaria cometidos durante la Gran Depresión.

A menos que la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, asuma el reto de presidir el BCE, tal vez no haya candidatas prominentes. Eso estaría fuera de sintonía con el tenor de los tiempos.

Tercero, el nuevo presidente del BCE debe reflejar la diversidad de la eurozona. Debería nombrarse a la mejor persona y ningún estado miembro de la UE tiene un monopolio sobre los buenos candidatos. Por razones de legitimidad, la presidencia idealmente debería alternar entre países grandes y pequeños, y entre el norte y el sur de Europa. En ese sentido, es de esperar que la elección del próximo presidente del BCE esté influenciada por la selección de un europeo del sur proveniente de un país grande como el vicepresidente del banco el año pasado.

Finalmente, es de esperar que haya varias mujeres entre las principales contendientes para el puesto. Pero, a menos que la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, asuma el reto, tal vez no haya candidatas mujeres prominentes. Eso sería profundamente lamentable, y fuera de sintonía con el tenor de los tiempos.