En La Odisea, Ulises pide que lo aten al mástil para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él. No se tapa los oídos ni huye, decide escucharlos. Pero se amarra, sabiendo que sus melodías serían demasiado seductoras como para confiar en su sola voluntad.
Algo parecido ocurre hoy con el discurso de ciertos líderes tecnológicos sobre la promesa hipnótica de un mundo donde el trabajo deje de ser necesario, donde la inteligencia artificial y los robots produzcan bienes y servicios en tal abundancia que la escasez desaparezca. Donde el empleo sea opcional y la vida, finalmente, libre.
Elon Musk habla de “abundancia sostenible”, un escenario en el que la energía solar a gran escala, la robótica humanoide y la inteligencia artificial reducen los costos marginales de producción hasta casi cero. Si fabricar, transportar y prestar servicios se vuelve extraordinariamente barato, muchos bienes dejarían de ser escasos en sentido económico. El mercado no desaparecería; simplemente operaría en un contexto de sobreoferta permanente. Sam Altman plantea que, si la inteligencia artificial concentra valor en manos de quienes la controlan, ese valor deberá redistribuirse. Ha sugerido incluso la creación de fondos de capital que distribuyan dividendos tecnológicos a la población. En ambos relatos, el trabajo pierde protagonismo económico. Pero mientras Musk confía en que la abundancia misma diluya el problema distributivo, Altman reconoce que la automatización podría ampliar la desigualdad si no se diseñan mecanismos fiscales y patrimoniales para repartir sus frutos. Lo que ninguno de los dos resuelve es el problema del poder.
No son ideas nuevas. En 1930, Keynes imaginaba que sus nietos trabajarían 15 horas a la semana gracias al progreso tecnológico. Pero advertía que el verdadero problema sería cómo ocupar el ocio. Qué hacer con una libertad para la que quizá no estamos preparados. Marx imaginó la superación del trabajo alienado. Las teorías contemporáneas de la postescasez, la renta básica universal o el llamado “lujo comunista automatizado” repiten que la tecnología podría liberarnos de la obligación económica. Pero toda utopía se sostiene sobre silencios y omisiones convenientes.
El trabajo no es solo un mecanismo de generación de dinero. Es identidad, disciplina social, estructura del tiempo, fuente de reconocimiento y de conflicto. Las sociedades modernas no solo distribuyen riqueza a través del trabajo, también distribuyen sentido de vivir.
Hannah Arendt distinguía entre labor, la actividad repetitiva ligada a la supervivencia, y work, la creación de un mundo duradero que nos trasciende. La modernidad, decía, terminó reduciendo al ser humano en un animal laborans, definido por su función productiva. La ironía es que ahora, cuando la tecnología promete liberarnos del trabajo, podríamos descubrir que nunca resolvimos qué hacer con la libertad que tanto invocamos.
Que la inteligencia artificial automatizará tareas masivamente no está en discusión. La pregunta es ¿qué ocurre cuando el ingreso se separa del esfuerzo en economías estructuradas durante siglos sobre esa conexión? ¿Quién será dueño de los algoritmos? ¿Cómo se distribuirá el valor que generen? ¿Qué tipo de Estado administrará esa transición?
Y, sobre todo, ¿cómo se logra algo así en un mundo que aún funciona como un mosaico medieval de soberanías? La automatización puede ser global, pero la política no lo es. El capital es transnacional, pero la tributación sigue siendo territorial. Las plataformas digitales operan como infraestructuras planetarias, mientras los Estados compiten entre sí por atraerlas. Pensar una transición ordenada hacia un mundo postlaboral exigiría coordinación fiscal internacional, reglas comunes sobre propiedad de datos y algoritmos, y mecanismos redistributivos supranacionales. Nada de eso existe hoy.

En ese vacío ¿quién lideraría esa transformación? En teoría, los Estados son quienes cuentan con legitimidad democrática y potestad normativa. En la práctica, los imperios digitales ya poseen escala, infraestructura y velocidad decisoria superiores a la de muchos gobiernos. Si la transición la lideran empresas, el criterio será eficiencia y rentabilidad. Si la lideran Estados aislados, la fragmentación puede neutralizar cualquier intento redistributivo. Y si nadie la lidera, la transformación ocurrirá igual, pero de manera asimétrica y desordenada.
La misma tecnología que promete abundancia tiende a concentrar poder. Las plataformas han demostrado una capacidad extraordinaria para centralizar datos, capital y mercado. Sin rediseño institucional, la automatización podría no conducir a una abundancia democrática, sino a una forma sofisticada de feudalismo tecnológico, con unos pocos propietarios de algoritmos y millones de ciudadanos dependientes.
Por eso, no parece factible pensar que el trabajo desaparezca sin que antes transformemos profundamente las reglas de propiedad, tributación y competencia. Pensar que la escasez es solo un problema técnico puede llevarnos a ignorar que el poder no lo es.
Los relatos de Musk y Altman son hipótesis serias, no delirios de magnates. El impacto de la inteligencia artificial en la productividad puede ser tan profundo como anticipan. El desafío de nuestra generación, más que abolir el trabajo, es redefinir el poder antes de que la tecnología lo haga por nosotros.
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El autor es abogado experto en Tecnología, Medios y Telecomunicaciones.