Por: Pascal Rohner.   9 noviembre

La angustia y las agitaciones le quitan el sueño a Latinoamérica. En las últimas semanas grandes protestas y movimientos sociales se han originado alrededor del continente en contra de los gobiernos de turno.

Llamas alrededor de la gran Cordillera de los Andes se observan. En Ecuador, un aumento en el precio de los combustibles hizo enfurecer a la población. En Bolivia, dudas en las elecciones presidenciales ocasionó el mismo resultado. En Colombia, recientemente se convocó a la marcha de las máscaras. Antes de las elecciones argentinas dónde retornó el peronismo, sucedió lo mismo. En México, la lucha contra el narcotráfico ocasionó días de pánico y violencia, pero una de las más preocupantes y violentas está sucediendo en Chile, el país ejemplo por su éxito económico en la región.

Hasta el momento, han trascurrido 15 días de protestas continuas en las calles y por primera vez desde la dictadura de Pinochet (1973 – 1990), se decretó un toque de queda y los militares se extendieron por la ciudad para luchar por preservar el orden. El detonante para llegar a este punto fue un desacuerdo por el aumento en el precio del metro.

La situación ha sido tan crítica que se cancelaron dos cumbres internacionales, una para discutir el cambio climático (COP25) y otra conocida como el Foro de Cooperación Económica Asía-Pacifico (APAC) dónde se esperaba que EE.UU y China firmaran un acuerdo interino para solucionar el conflicto comercial entre las dos naciones, que de acuerdo con el presidente Donald Trump, cubriría el 60% del acuerdo total.

Pero ¿qué reclaman los protestantes? Existen diferentes exigencias, pero en coro repiten y muestran su inconformismo frente a los escándalos de corrupción, el alto costo de vida, bajo acceso a la educación, los altos niveles desigualdad, bajos salarios, entre otros.

No obstante, todo esto es resultado de algo homogéneo y una innegable realidad: los países de la región sufren el fin del auge de las materias primas. Los años de bonanza en la región gracias al fuerte crecimiento de economías emergentes como China e India, que demandaban grandes cantidades de materias primas para su desarrollo, se agotaron.

El impacto de este periodo de auge fue tan grande que, de acuerdo con un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Latinoamérica es la única región que en las últimas dos décadas ha logrado avances significativos en la reducción de la pobreza y la desigualdad, desde el año 2000 al 2014, la pobreza cayó de 27% a 12%, mientras que la desigualdad disminuyó 11% durante el mismo periodo.

Por otra parte, el aumento de la clase media también es un hito, según Euromonitor International -una empresa independiente dedicada a la investigación- entre 2008 y 2018, la clase media de América Latina, definida como hogares entre el 75,0% y el 125% del ingreso medio, se expandió de 33 millones a 46 millones de hogares.

Como proporción, la clase media de América Latina representó el 25,8% del total de hogares en 2018, un aumento del 22,9% del total de hogares en 2008.

Por primera vez en la historia, con estos avances, hay más personas que pertenecen a la clase media que aquellos que viven en la pobreza, permitiendo a las personas adquirir bienes durables como carros y vivienda, algo que las personas esperaran que continúe.

Sin embargo, en 2018 Latinoamérica tuvo el indicador de ahorro más bajo del mundo, 6,4% de la renta disponible, lejos del 24% que se alcanza en la región de Asía Pacifico.

El problema es que nada es eterno y las altas expectativas creadas durante estos años de oro fueron exacerbadas y aquella dependencia nunca terminó, aún se mantiene. El auge de las materias primas creo desarrollo, pero no estructural y con tan bajos niveles de ahorro no permiten afrontar entornos económicos adversos como el actual.

El autor uruguayo Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina” menciona que el desarrollo desarrolla desigualdad y esto fue lo que sucedió en Latinoamérica, pero ocasionado por eventos no deseados y escándalos de corrupción, gastos gubernamentales ineficientes, subsidios desmedidos, bajos niveles de ahorro, entre otras cosas como el fracaso de modelos económicos como el caso de Venezuela -que este año se estima que la economía se contraiga 35%-.

Bajo esta nueva realidad dónde Latinoamérica aún depende -aunque en menor medida que años atrás- de las materias primas que continúan deprimidas, las perspectivas de crecimiento para el 2019 de la región son precarias. En su informe más reciente de perspectivas económicas del FMI, estima un 0,2% de crecimiento para la región, el menor crecimiento económico en todo el mundo.

De cumplirse este pronóstico, Latinoamérica acumularía seis años de crecimientos decepcionantes y extremadamente bajos, algo que se refleja en estancamiento de los salarios, mayor costo de vida y malestar general que no permite que las personas puedan superar o resistir los desbalances sociales en salud, educación y bienestar en general provocando la ira y como resultado las protestas.

Entonces, ¿Cómo se debe enfrentar esta nueva realidad? El camino no es nada fácil, pero Latinoamérica debe entender que la solución está en las manos de todos y que se necesitan reformas ambiciosas en el ámbito económico y fiscal que atraigan la inversión tanto privada como publica para contrarrestar las falencias y necesidades, principalmente en los segmentos de salud, educación e infraestructura.

Es tarea de los gobiernos detectar dónde se necesita mayor apoyo, como es el caso de la infraestructura en Colombia. No obstante, las personas deben aumentar sus niveles de ahorro y no esperar que el gobierno solucione todos los problemas ni que un nuevo auge de materias primas llegue al rescate.

Colaboró Diego Fernando Agudelo López.