Por: Douglas Montero.   26 septiembre, 2018
La actual crisis de Argentina es producto de los desaciertos de los últimos años y de la dependencia del financiamiento externo, además de la corrupción y el déficit fiscal.
La actual crisis de Argentina es producto de los desaciertos de los últimos años y de la dependencia del financiamiento externo, además de la corrupción y el déficit fiscal.

Las crisis financieras, tanto en países desarrollados como emergentes, se construyen con el paso del tiempo. Es decir, una nación no entra en crisis de hoy para mañana.

La mayoría de este tipo de crisis son producto de malos manejos fiscales, gastos gubernamentales desbordados, aumento de la deuda como porcentaje del PIB en un intento de poder financiar el gasto público, problemas de tipo de cambio, luchas por intereses particulares, falta de acuerdos políticos ya que las medidas que se deben adoptar para evitar la crisis son básicamente impopulares. La paradoja de esto reside en el hecho de que al no tomarse las medidas correctas, el ajuste lo hacen entonces el mercado, la economía y la solución termina siendo tremendamente dolorosa para la economía y especialmente para los que menos tienen.

Así ha sucedido en cada una de las crisis que he visto a lo largo de los últimos 25 años. Asia en 1997, que terminó con las crisis de las punto com en Estados Unidos y aceleró al camino a la crisis argentina del 2001.

Podría continuar, pero quiero llamar la atención sobre Argentina. Al no hacer el ajuste a tiempo, la situación se desbordó y el costo fue exageradamente mayor al que pudo ser inicialmente. La crisis del 2001 tuvo su origen años antes debido al aumento de la deuda, la paridad del peso con el dólar para controlar la inflación, la corrupción, el déficit fiscal, etcétera.

Sin sorpresas

Mientras, la actual crisis argentina es producto de los desaciertos de los últimos años y de la dependencia del financiamiento externo, además de la corrupción y el déficit fiscal.

La crisis del 2001 no fue una sorpresa. Desde 1999 era evidente para muchos que fijar el tipo de cambio le restaría competitividad a la economía; además, el desempleo aumentaba y la inflación era negativa (deflación), lo cual contribuía a la desaceleración económica al posponerse las decisiones de inversión. Como si fuera poco, el déficit fiscal estaba desbordado y gracias a eso la deuda aumentaba sin freno.

¿Estamos hablando de una economía de 37 millones de personas, con infraestructura de primer mundo y PIB per cápita de los más altos de América. Si esto le sucedió a una economía tan grande, ¿podría ser Costa Rica tan vulnerable?

Al igual que sucede hoy día en Costa Rica, en el 2000 las fuerzas empresariales y sindicales argentinas se enfrascaron en muchas discusiones sobre cómo salir de la crisis; es importante señalar que las discusiones produjeron, inclusive, división entre sindicalistas.

Ya en enero del 2001 la situación se veía complicada. Los “piqueteros” bloqueaban calles demandando trabajo, el desempleo llegaba al 22%, la deuda argentina caía de precio y persistía la falta de acuerdos internos sobre las medidas correctivas. La confianza en Argentina seguía desmoronándose. Las autoridades monetarias impusieron límites a los retiros de fondos en bancos (“el corralito”). Aunque el gobierno no aceptaba que hubiera una devaluación, en el mercado negro el dólar se cotizaba a 1,4 pesos por dólar.

Asimismo, las protestas continuaban y finalmente, en diciembre del 2001, la situación se volvió insostenible, el gobierno cayó y Argentina se desplomó en la más profunda crisis que ha conocido el país suramericano, provocando además la cesación de pagos (default) más grande de la historia: $100.000 millones.

Las consecuencias de la crisis fueron muy severas, el PIB del 2002 cayó un 11%, la inflación se elevó a tasas del 10% mensuales hasta abril y el año cerró con una inflación de “solo” el 40 %. La devaluación inmediata fue del 40 %, con su consecuente incidencia sobre el poder adquisitivo de las personas.

La crisis argentina, tal como lo explica el FMI, es importante de analizar pues aporta lecciones para prevenir situaciones similares.

En los años 90 Argentina se presentaba como una estrella y modelo de cómo se debían hacer las cosas (Costa Rica también fue un ejemplo y hasta grado de inversión tuvimos).

La dinámica de la deuda se volvió insostenible y el déficit fiscal aumentaba (en Costa Rica el déficit se estima en la actualidad por arriba del 7%) y la deuda sigue aumentando).

Argentina enfrenta de nuevo una situación compleja. La moneda se ha devaluado un 50 %, la inflación ya está en 30 % y la tasa de interés se ubica en 60 % y el país está a la espera de un nuevo crédito del FMI por $50.000 millones.

Si estos eventos suenan familiares, preguntémonos cuánto tiempo nos queda en Costa Rica. Tal vez la situación no sea tan extrema, pero en mi opinión nos estamos acercando cada vez más.

Vulnerabilidades

Nuestra deuda externa bonificada es muy inferior a la de Argentina y los precios de nuestros bonos externos no están en caída libre, y tenemos un tipo de cambio flexible y relativamente estable. Sin embargo, sí tenemos vulnerabilidades similares, como la falta de acuerdos, el tiempo perdido en discusiones partidistas, sectoriales o como se les quiera llamar.

Se trata de un tiempo valioso que luego el mercado va a reclamar con dureza, cuando nos imponga un ajuste que no será voluntario pero sí la única solución.

El déficit fiscal y la deuda interna siguen aumentando. Además, las condiciones externas ya juegan en contra nuestra, con el precio del petróleo y las tasas de interés subiendo, solo para mencionar algunos factores negativos.

Un refrán popular dice que “nadie experimenta en cabeza ajena”. Costa Rica no puede esperar, no debemos llegar a una situación como la sufrida por Argentina, que no es ficticia, sino real y dolorosa.

¿Cuánto más podemos seguir esperando?