Por: Constantino Urcuyo.   4 diciembre

Aquella hora de almuerzo fue memorable. Me dirigí hacia ese restaurante ubicado en Ciudad del Este, presto a saciar el hambre sin imaginar que mi gratificación sería más profunda.

El muchacho me trajo el menú y mediante señas me indicó con claridad meridiana que estaba listo para recibir mi orden. Más que dudar por su condición, dudé de mi propia capacidad de comunicarme con una persona sordomuda.

Me sorprendió su adaptación a un empleo donde es imprescindible transmitir información detallada y al mismo tiempo, su talento para leer mis labios y hacer su trabajo de forma impecable.

El servicio fue excelente y tan grata impresión me llevó a indagar con sus compañeros.

Historia de solidaridad

Descubrí una historia de superación personal, de solidaridad. Sus colegas le transmitieron habilidades, ayudando así a la construcción de una vida laboral autónoma.

Las empresas que invierten en programas con enfoque inclusivo, merecen reconocimiento. Dejan una importante huella social y demuestran que la responsabilidad social empresarial no es limosna, es validación del talento y potencial de las personas, independientemente de su diferencia.

En este caso se refuerzan varios principios: La aceptación de la diversidad como pilar de nuestra convivencia, la inclusión de sectores menos favorecidos por razones de discapacidad, generando oportunidades dirigidas a estos grupos; y la solidaridad activa de una sociedad que busca igualdad y equidad.

Por otro lado, se trata de un tema de derechos humanos, como lo es el derecho al trabajo. Caso contrario, condena a exclusión social y pobreza. Más allá de prejuicios y estigmas, la persona con discapacidad, como mi amigo Vinicio, tiene los dones de la perseverancia y la esperanza. ¡Comensal más que satisfecho… saciado!