El turismo de lujo en Costa Rica ya no se reduce a dormir en una amplia habitación frente al mar, bañarse en una piscina infinita o descorchar una botella de vino al final de la tarde, por ejemplo.
Después de visitar Hacienda AltaGracia, en Pérez Zeledón; Nayara Resorts, en La Fortuna; y Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve, en Península Papagayo (tres de los hoteles más destacados del país en su categoría), queda claro que las propiedades de alta gama están construyendo algo más complejo: una experiencia diseñada para un viajero que quiere pagar por privacidad, tiempo, naturaleza, bienestar y un servicio que se anticipe a sus necesidades.
Las tarifas pueden superar los $1.000 por noche en temporada alta. A primera vista, la cifra parece reservar estas propiedades para una minoría muy pequeña, y en buena medida así es, pero los hoteles no están dirigidos únicamente a personas que buscan ostentación.
Su apuesta se concentra en un visitante de alto poder adquisitivo, en gran parte extranjero, que quiere viajar con menos fricción: no preocuparse por traslados, horarios, reservaciones, comida, actividades o logística. El lujo, en este caso, consiste en que alguien ya pensó en todo antes de que el huésped tenga que pedirlo.
Ese viajero está creciendo en Costa Rica. Es el visitante que llega desde Estados Unidos, Canadá o Europa para celebrar una luna de miel, pasar una semana en familia, combinar vacaciones con bienestar o simplemente descansar sin renunciar al confort. También es un cliente que busca experiencias difíciles de copiar: despertar frente a un volcán, recorrer un bosque a caballo, cenar con vista al Pacífico o recibir un masaje mientras la lluvia golpea el techo de un bungalow.
Cada hotel interpreta esa promesa de una forma distinta. AltaGracia vende una pausa. Nayara vende la posibilidad de habitar, aunque sea por unos días, la selva alrededor del volcán Arenal. Nekajui vende privacidad, espacio y la sensación de entrar a un territorio aislado del ritmo habitual de Costa Rica.
En Hacienda AltaGracia, el primer lujo no está en la habitación. Está en el silencio. Después de atravesar el Cerro de la Muerte, con sus curvas, neblina y cambios de clima, el camino hacia Cajón de Pérez Zeledón obliga a reducir la velocidad. Luego aparecen las montañas del Valle del General, los campos abiertos y una propiedad que parece haber sido diseñada para que el visitante se desconecte antes de recibir la llave de su habitación.
Al caer la tarde, el cielo se cubre de tonos dorados y una fogata comienza a sonar detrás de uno de los miradores. Está diseñado para que no piense en presas, ruido, ni teléfonos vibrando. La propiedad aprovecha esa distancia de la ciudad como parte central de su propuesta.
AltaGracia tiene 50 habitaciones, de las cuales cerca de la mitad cuenta con piscina privada. Algunas son villas pensadas para parejas y otras son casonas con más espacio para familias o grupos. En temporada alta, una noche puede iniciar en $1.500 y llegar a $4.620 en una casona con piscina y capacidad para cinco personas.

Pero el hotel no estructura la estadía únicamente alrededor de la habitación. Cada huésped recibe el apoyo de un “Compa”, una especie de diseñador de experiencias personales que ayuda a armar el día según lo que cada cuerpo necesite: caminata, cabalgata, yoga, pilates, meditación, río, descanso o una tarde sin agenda.
En un país donde los hoteles de lujo suelen competir por la playa, AltaGracia se diferencia al convertir la montaña rural en destino. Su gran argumento es Casa de Agua, un spa de más de 1.850 metros cuadrados con tratamientos corporales, salas de masaje, sauna, vapor, piscinas, jacuzzis y espacios desde donde se observan las montañas de Talamanca.
Allí el bienestar se presenta como algo más amplio que un masaje. Hay rituales de relajación, aceites esenciales inspirados en aromas como juanilama, lavanda y eucalipto, arcilla volcánica para exfoliación y terapias que buscan responder a la recuperación física, el descanso o el movimiento.
Un detalle pequeño resume la lógica del lugar: antes de un tratamiento, el huésped puede elegir una bata liviana o una más gruesa y cálida. Parece mínimo, pero revela una forma de servicio donde incluso la temperatura de una tela se vuelve parte de la experiencia.

Nayara Resorts trabaja desde otra geografía y otra energía. La Fortuna tiene lluvia, humedad, vegetación cerrada, ríos, aves, monos, perezosos y un volcán que aparece solo cuando quiere. Llegar a Nayara es entrar a un complejo de más de 30 hectáreas que reúne tres propiedades: Nayara Springs, para adultos; Nayara Gardens, para parejas y familias; y Nayara Tented Camp, orientado a una experiencia de tienda de campaña de alta gama.
El hotel mantiene una relación más directa con la aventura y con el paisaje. La naturaleza no está solo en las vistas: aparece cuando un perezoso se mueve lentamente entre los árboles, cuando un mono salta cerca de un sendero o cuando el volcán Arenal decide salir de las nubes después de varios días escondido.
En Nayara, la habitación funciona como un refugio privado dentro de la selva. Las villas tienen piscinas propias; en Nayara Springs son de aguas termales y en Gardens o Tented Camp son temperadas. La sensación es la de estar apartado, aunque los restaurantes, piscinas, bares y zonas comunes estén a pocos minutos en carrito de golf.
El complejo nació en 2006 con 26 habitaciones y tarifas cercanas a $60 por noche. Hoy tiene más de 550 colaboradores en Costa Rica y se ha convertido en una de las marcas hoteleras costarricenses con mayor proyección internacional, con presencia también en Chile y Panamá. Su evolución ayuda a explicar cómo cambió el turismo de lujo: ya no basta con tener una habitación cómoda. Hay que crear una razón para quedarse varios días.

Nayara lo hace a través de una oferta que combina gastronomía, spa, caminatas, yoga, café, vida silvestre y piscinas rodeadas de vegetación. La comida ocupa un lugar central. El huésped puede pasar de una cena de degustación en Amor Loco a platos italianos, asiáticos, mediterráneos o costarricenses, sin salir de la propiedad.
Uno de los momentos más interesantes ocurre en Mi Cafecito, un espacio dedicado a la cultura del grano de oro. Allí la experiencia de tomar café se convierte en una clase sobre aromas, filtrados, historia y cata. En un país productor, Nayara entendió que el café también puede ser parte de la memoria del viaje, no solo una bebida servida con el desayuno.

Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve, juega en otra liga de privacidad. Llegar a la Península Papagayo implica atravesar una especie de frontera silenciosa. Afuera quedan las carreteras, las presas y la dinámica de Guanacaste; dentro aparece un territorio de 560 hectáreas de colinas, bosque tropical seco, playas escondidas y propiedades que operan bajo una lógica de acceso controlado.
Nekajui abrió durante el primer trimestre de 2025 y cuenta con 107 habitaciones y suites, tres tiendas elevadas entre árboles y 36 residencias privadas de dos a cinco habitaciones. Su nombre significa “jardín” en lengua chorotega y el hotel intenta sostener esa idea a través de arquitectura, jardines, senderos, piedra, madera local y referencias culturales de Guanacaste.
En este caso, el lujo se manifiesta desde la bienvenida. No hay una recepción convencional ni una fila de huéspedes frente a un mostrador. El visitante llega a La Casita, cruza hacia La Casona y conoce a su “Manzu”, palabra que se traduce como amigo y que da nombre a la persona encargada de acompañarlo durante la estadía.
El personal sabe el nombre del huésped antes de que este tenga que repetirlo, pregunta por la música durante el traslado, ajusta el aire acondicionado, ofrece agua y snacks, y prepara los carritos que movilizan a los visitantes por la propiedad. Es un nivel de atención que busca eliminar la sensación de estar en una operación hotelera masiva.
Las habitaciones con vista al océano rondan los $1.000 por noche, según la temporada. Son espacios amplios, de al menos 81 metros cuadrados, con puertas de vidrio con vista a playa Pochote y el Pacífico. Algunas cuentan con duchas interiores y exteriores, balcones, comedor al aire libre y minibares con productos incluidos.

Pero Nekajui intenta que la experiencia no se reduzca a quedarse en la habitación. La gastronomía ofrece desde desayunos frente al mar hasta propuestas mexicanas, ibéricas y de autor. Puna, dirigido por el chef peruano-italiano Diego Muñoz, combina ingredientes costarricenses con técnicas internacionales. Niri Beach Club, al que se llega en funicular, aprovecha la cercanía con la playa para construir una experiencia más relajada, entre piscina, mar, cocina ibérica y el atardecer.
El spa Nimbu es otro de los puntos que definen la propuesta. Tiene 2.500 metros cuadrados, piscinas de hidroterapia, sauna, vapor, espacios de tratamiento y un puente colgante que obliga a hacer una pausa antes de llegar. El ritual comienza incluso antes del masaje, con aromas de hierbas locales, juanilama y un entorno que combina lluvia, bosque y mar.
Los tres hoteles tienen elementos en común. Todos venden privacidad, gastronomía, bienestar y atención personalizada. Todos aprovechan un paisaje que no podría trasladarse a otro país: AltaGracia necesita las montañas de Pérez Zeledón, Nayara necesita el Arenal y la selva de La Fortuna, y Nekajui necesita Papagayo, su mar y su bosque seco.
También comparten una idea sobre el nuevo visitante de alto gasto. Es un turista que no quiere una agenda rígida ni una experiencia estandarizada. Quiere decidir si su día será una cabalgata, una caminata, una clase de yoga, una cata de café, una sesión de spa, un almuerzo junto a la piscina o una tarde sin hacer nada.
Esa es posiblemente la mayor transformación del turismo de lujo. Antes se asociaba con exceso: habitaciones grandes, mármol, champaña y objetos costosos. En estas propiedades, aunque esos elementos existen en distinta medida, el principal producto es otro. Es el tiempo sin interrupciones, la posibilidad de dormir bien, comer con calma, moverse por un paisaje excepcional y recibir atención sin tener que solicitarla.
Costa Rica tiene una ventaja en esa carrera. El país no necesita construir paisajes artificiales para atraer a este visitante. Tiene volcanes, montañas, bosques, playas, ríos, fauna y comunidades rurales que pueden convertirse en parte de una experiencia de alto valor.
Después de tres estancias, la conclusión no es que exista una única forma de vivir el lujo en Costa Rica. En Pérez Zeledón, puede ser una fogata mientras cae la noche sobre el Valle del General. En La Fortuna, una taza de café mientras el Arenal aparece entre nubes. En Papagayo, un funicular que baja hacia el mar antes del atardecer.
La diferencia está en que cada hotel entendió algo esencial: el viajero de alto perfil ya no paga solamente por una cama cómoda. Paga por sentirse lejos de todo, sin dejar de tener lo que necesita.
Como periodista, tuve la oportunidad de hospedarme y vivir de primera mano la experiencia en Hacienda AltaGracia, Nayara Resorts y Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve. Las tres propiedades han recibido reconocimientos internacionales de publicaciones especializadas como Travel + Leisure y Condé Nast Traveler, y en el caso de Nayara Springs, incluso la distinción de Tres Llaves de la Guía Michelin.
Es difícil elegir cuál es mejor o “más bonita”, pero desearía que el público local tuviera la oportunidad de experimentar lo mejor de la oferta hotelera de este tipo que tiene el país para que se deje maravillar por la belleza de Costa Rica, pero vista con otros ojos. Quizás desde la mirada de alguien que descubre algo por primera vez, donde no exista nada más que estar presente y disfrutar de lo que les rodea.
Claramente el tema monetario tiene un peso importante, ya que hospedarse en uno de estas propiedades, aún en temporada baja, puede costar alrededor de la mediana salarial de Costa Rica (¢540.000 mensuales, según datos de la Caja Costarricense del Seguro Social) El dato en sí prácticamente excluye a casi la mitad de la población nacional, que vive con este monto.

Más allá de los premios, las visitas permitieron conocer cómo cada hotel traduce su ubicación y su concepto de servicio en una experiencia dirigida al viajero de alto poder adquisitivo: bienestar en las montañas de Pérez Zeledón, selva y volcán en La Fortuna, y privacidad frente al Pacífico en Península Papagayo.
Costa Rica poco a poco se convierte en un referente del turismo de lujo en Centroamérica y no dudo que los próximos proyectos que vienen seguirán esta misma línea, porque al final, lo más valioso de la oferta y lo que el viajero se lleva en su maleta es la esencia del costarricense, la cultura del pura vida.
Nota del redactor: El Financiero se hospedó en estos hoteles por invitación de los propietarios, ningún compromiso editorial fue solicitado.
