Por: José David Guevara Muñoz.   19 octubre, 2018
... cuando estos les hablen, después de haberlos privado de clases durante más de seis semanas, sobre la importancia de la educación?
... cuando estos les hablen, después de haberlos privado de clases durante más de seis semanas, sobre la importancia de la educación?

¿Qué opinión tendrán los escolares y colegiales de quienes por presionar al Gobierno y a los diputados, en la lucha contra el plan fiscal, los privaron a ellos del derecho a la educación durante varias semanas?

¿Seguirán estos niños y adolescentes sintiendo respeto, admiración y gratitud por aquellos docentes que prefirieron acortar el curso lectivo y prolongar un pulso gremial?

¿Qué concepto se habrán formado de los educadores que les negaron una importante dosis de formación y aprendizaje en un mundo voraz y competitivo que demanda cada vez más profesionales con una preparación sólida?

¿Cómo calificarían estos muchachos a sus maestros, que nota les pondrían, en materia de vocación, compromiso, mística y pasión? ¿Los aprobarían como modelos dignos de ser imitados y recordados? ¿Cómo evaluarían la huella educativa de sus profesores?

¿Qué tan bien o qué tan mal le irá a los pedagogos que se fueron de vacaciones fuera del país? ¿Los recibirán con una cálida ovación o resentirán el hecho de que hayan trocado las aulas por los aviones, los libros por los pasaportes, los cuadernos por los boletos?

¿Tomarán en serio a sus formadores cuando estos les hablen de la importancia de no faltar a clases?

¿Creerán en las justificaciones que les darán sus educadores a la hora de explicar el porqué de la extensa ausencia? ¿Aceptarán que era una batalla por la Patria y por la defensa de la calidad de la educación? ¿Serán de recibo para ellos las consabidas teorías de la conspiración, la trillada lucha de clases, la cantaleta de que es mentira que haya un faltante en las arcas del Estado?

Restar y dividir

¿Qué sentimiento les provoca ver de nuevo a quienes trastornaron las rutinas y organizaciones de las familias?

¿Soñarán los escolares y colegiales con la posibilidad de que sus padres ganen más dinero para que puedan darles a sus hijos acceso a una educación privada en la que las lecciones no se suspendan continuamente por huelgas, paros, congresos, períodos de exámenes, incapacidades y otras razones? ¿O se darían por satisfechos si tan solo tuvieran la dicha de ser alumnos de maestros que no se desquiten con ellos lo que papá Estado no puede darles?

¿Cuántos de ellos se sentirán costarricenses de segunda o tercera categoría debido a un sistema que los frustra, desalienta y les corta las alas?

¿Qué pensarán estos niños y adolescentes cuando recuerdan las ocasiones en las que sus maestros le han dado rienda suelta a la retórica y el verbo encendido hablando del ejemplo de sacrificio y entrega de Juan Santamaría?

¿Cómo reaccionarán ante el hecho de que quienes les restan oportunidades les enseñen a sumar, y que quienes les dividen el futuro les enseñen a multiplicar?

¿Verán como una paradoja que quienes velan porque conjuguen bien el verbo educar sean los mismos sujetos que en la realidad privilegian otros predicados?

¿Echarán de menos a sus pedagogos durante las vacaciones y estarán contando los días que faltan para regresar a las escuelas y colegios en aras de retomar la maravillosa aventura del aprendizaje guiados por tan abnegados formadores?

¿Cómo van a recordar a sus educadores huelguistas el día en que se les nieguen algunas oportunidades laborales por culpa de una preparación deficitaria?

Sí, ¿qué pensarán los estudiantes de sus maestros después de una huelga prolongada?

¿Se harán estas preguntas, y las responderán con honestidad, quienes corean “el pueblo unido, jamás será vencido”, pero parecen olvidar que es el pueblo educado el que logra triunfar?