Por: Manuel Avendaño Arce.   16 noviembre

Faustino Estrada: "Lo que más me preocupa es llevar sustento a la casa"

Faustino Estrada tiene “toda una vida” de ser pescador artesanal en Guanacaste. Sus dominios están en playas del Coco, en el turístico cantón de Santa Cruz. Allí donde el mar atrae y cautiva a los miles de visitantes internacionales, pero también ofrece productos que se convierten en el sustento de muchas familias.

La pandemia; aunque no necesariamente la enfermedad de la COVID-19, sino más bien las consecuencias económicas de los cierres y restricciones para evitar el contagio; cambió la vida de este pescador. En cuestión de días trastornó la normalidad de su familia y de su estabilidad financiera.

Pasó de pescar, como lo hacía siempre, para ganar el dinero que le permite pagar las cuentas de la casa, la hipoteca de su vivienda y la comida de las semana; a dejar su panga inmóvil por varias semanas en la playa.

Poco a poco se las ingenió con la ayuda de su familia para conseguir alimento y enfrentar las deudas. Pero la situación cada vez es más complicada y la presión por llevar alimento a su hogar se mezcla con la desesperanza de una actividad pesquera que cada vez genera menos.

La historia de este pescador es tan sólo una entre cientos de casos en los hogares guanacastecos que se sumaron a una condición de pobreza por el efecto de la pandemia.

La Encuesta Nacional de Hogares (Enaho 2020) muestra que en esta provincia residen 393.615 personas de las cuales 144.118 están en pobreza por línea de ingresos, es decir, viven con menos de ¢86.439 al mes.

El empobrecimiento en la Región Chorotega sumó a casi 44.000 personas entre 2019 y este año.

Mientras que en condición extrema le cifra creció de 24.458 a 43.749 personas, quiere decir que 19.291 cayeron en esta situación en tan solo un año y viven con menos de ¢41.973 al mes.

Trabajo incierto
Johanna Mendoza se quedó sin trabajo y ahora trata de salir adelante ofreciendo masajes a los pocos turistas que llegan a Tamarindo. Fotografía: Rafael Pacheco.
Johanna Mendoza se quedó sin trabajo y ahora trata de salir adelante ofreciendo masajes a los pocos turistas que llegan a Tamarindo. Fotografía: Rafael Pacheco.

En otros tiempos caminar por playa Tamarindo era sinónimo de observar un sol radiante y un amplio mosaico de turistas extranjeros cuyos idiomas y acentos se confundían con el sonido del mar. En la orilla, los comercios de todo tipo esperaban con calma a estos visitantes que mueven la economía local.

Pero desde el 16 de marzo, fecha en que el Gobierno cerró las fronteras para contener la propagación del coronavirus, la realidad en este lugar de referencia turística en Guanacaste, es otra. Johanna Mendoza, ofrece su testimonio de primera mano.

Antes de que todo cambiara, ella trabajaba como masajista en uno de los hoteles de Tamarindo. Durante año y medio tuvo un empleo formal que le permitía recibir un salario fijo más las propinas que acostumbran entregar los extranjeros en señal de agradecimiento por el buen trato.

Para llegar a Johanna fue necesario recorrer varios metros en la ahora vacía playa. Ella trabajaba arduamente, la mañana del miércoles 4 de noviembre, en la instalación de su camilla de masajes a la intemperie, pero la tarea que le implicaba más esfuerzo era enterrar el mango de una gran sombrilla de playa bajo la cual se refugiaría del sol o de la lluvia. Todo depende de la hora.

En Tamarindo el mal clima de los primeros días de noviembre se convirtió en poca presencia de turistas en la playa. Fotografía: Rafael Pacheco.
En Tamarindo el mal clima de los primeros días de noviembre se convirtió en poca presencia de turistas en la playa. Fotografía: Rafael Pacheco.

Mendoza relató cómo cambió todo en su vida en cuestión de semanas. Lo que antes daba por sentado, como un trabajo fijo con un ingreso estable que le permitía pagar sus deudas, ahora es una incierta aventura diaria en la playa. “Hay días en que hacemos hasta tres masajes, pero en otros no viene nadie”.

Los masajes por los que un turista extranjero antes pagaba −en el hotel donde ella trabajaba− cerca de $90, ahora en la playa, ahí entre la sombrilla y el mar, cuestan $35.

El dinero que recibe ahora por semana, de manera inconstante e informal, no le alcanza como antes para cubrir todos sus gastos. Es la única de su casa que perdió el empleo por el impacto de la pandemia, pero los ingresos de su hogar también se redujeron.

El guía sin turistas

Ronny Obando: "Mi vida era normal antes de la pandemia"

Tras ocho años de bonanza económica como guía turístico en Santa Cruz, Ronny Obando ahora pasa sus días en su casa, ubicada en el pueblo de Guardarraya de Villarreal, a poco más de 40 minutos de las playas y hoteles que antes visitaba a diario.

Obando laboraba con una empresa de transporte de turistas y su trabajo le permitía recibir un buen sueldo que crecía con las propinas. Así pudo construir su casa, donde vive con su esposa y su hija, y capacitarse en otras áreas del turismo para acceder a un mejor empleo en el futuro.

La pandemia frenó todos sus planes, lo dejó sin trabajo y todavía aguarda con esperanza el momento en el que su expatrono le llame por teléfono para anunciarle que reabrirán las operaciones.

Para subsistir, Obando recibió la ayuda del bono Proteger por tres meses, aunque ya lleva casi siete de no trabajar.

“He hecho cosas ocasionales como chapear un lote, arreglar un techo o pintar una casa. Vamos haciendo lo que salga para traer comida a la casa", comentó.

Ronny Obando, de Guardarraya de Villarreal, es guía turístico y perdió su empleo debido a la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.
Ronny Obando, de Guardarraya de Villarreal, es guía turístico y perdió su empleo debido a la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.

En ese camino, se convirtió en uno de las 105 beneficiarios directos del proyecto Reactivemos la Esperanza, una iniciativa liderada por José Aguilar, que canaliza donaciones de empresas y personas para que sodas de las comunidades de El Llanito, Villarreal y Brasilito, en Santa Cruz, puedan canjear un voucher (en código QR) por platos de comida.

A la fecha este proyecto ha recibido más de ¢36 millones en donaciones que se convirtieron en 17.564 platos de comida canjeados en seis sodas que dan alimento diario a 105 personas, quienes a su vez comparte con otros vecinos que también sufren deterioro económico por la pandemia. Al final se trata de casi 145 beneficiados.

José Aguilar, dirige el proyecto Reactivemos la Esperanza, que da comida a más de 145 personas cada día en tres comunidades turísticas afectadas por la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.
José Aguilar, dirige el proyecto Reactivemos la Esperanza, que da comida a más de 145 personas cada día en tres comunidades turísticas afectadas por la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.

“Todas estas personas que iban a, de repente, tener que afrontar un golpe sin que fuese atribuible a su responsabilidad, se vieron descapitalizados. Los recursos que el Estado poseía por la situación macroeconómica tan lamentable eran entre nulos y muy pocos. Se trata de personas que no están acostumbradas a pedir porque siempre se han ganado todo. A ellos es a quienes ayudamos”, agregó Aguilar.

Música en pausa

Daniel Castro: "La vida me cambió drásticamente"

Es muy difícil pensar en un Guanacaste sin música. Sin el ritmo tradicional que caracteriza a esa región del país, animada por la calidez de su gente, su riqueza cultural y su amplia gastronomía.

José Daniel Castro es músico y estaba acostumbrado a tocar en eventos, hoteles, fiestas patronales y diferentes actividades turísticas en comunidades de la provincia.

Su salario era bueno, por cada presentación ganaba entre ¢25.000 y hasta ¢40.000, en una noche podía hacer hasta tres. “Antes nos dábamos el lujo de decidir incluso cuál día no íbamos a tocar”, recordó.

En marzo las restricciones obligaron a cancelar los conciertos y presentaciones musicales. También se vino a pique la situación económica de muchas familias que viven de este tipo de eventos.

José Daniel Castro contó que su situación económica cambió radicalmente con la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.
José Daniel Castro contó que su situación económica cambió radicalmente con la pandemia. Fotografía: Rafael Pacheco.

Castro tiene un cuarto de tiempo en la Municipalidad de Santa Cruz, donde labora como encargado de la banda cantonal, ese empleo le permite percibir algunos ingresos, aunque son insuficientes para pagar las cuentas de la casa.

La situación lo llevó a pedirle leche a sus padres, quienes tienen ganado, y con esa materia prima elabora cuajada que vende todos los lunes y martes a los vecinos para poder enfrentar sus gastos mensuales.

“Ha sido muy difícil, porque pasamos de estar bien, de ganar un buen dinero, a tener cero ingreso. Uno nunca está preparado para algo así”, señaló en la sala de su casa, ubicada en El Llanito de Villarreal.

Aunque el Gobierno reabrió las fronteras para el ingreso de turistas al país desde al pasado 1.° de agosto, todavía existen temores de viajar que se agravan con el cobro de un seguro diario para los extranjeros que visiten el país, lo que encarece la estadía en suelo nacional.

Antes del cierre, el turismo receptor generaba 512.609 empleos director e indirectos y representaba el 6,3% del Producto Interno Bruto (PIB) del país, es decir, ¢2,3 billones anuales. Así se desprende de las cifras de la cuenta satélite de este sector publicadas por el Banco Central de Costa Rica (BCCR).

Guanacaste y sus miles de trabajadores que dependen del turismo esperan con ansias la recuperación al 100% del turismo, que como Ronny Obando define: “es la rueda que lo mueve todo, que los beneficia a todos, que reparará todo”.

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