Por: Vineet Chopra y Sanjay Saint.   2 septiembre, 2017

La amplia trayectoria profesional que poseen ciertos empresarios les impide advertir verdades que son obvias.

En ocasiones, su juicio complejo y sofisticado, demuestra carecer de algo que otros ejecutivos menos “experimentados” sí poseen: sentido común.

Un joven profesional, con paradigmas menos arraigados, puede explicar con mayor sencillez aquellas realidades evidentes. Tal y como lo ve Revans, padre del Action Learning: el sentido común supone la sabiduría; más aún, la identifica con ella.

Michael Marquardt narra que el padre de Revans fue el encargado de investigar la tragedia del Titanic. Descubrió que varios de los jefes y constructores tenían profundas inquietudes sobre la seguridad de la nave antes de que zarpara; sin embargo, ninguno compartió sus preocupaciones a sus colegas. Pese a que todos estaban temerosos sobre la estructura del barco, decidieron que estaba bien, simplemente porque tenían más miedo de figurar como ignorantes, que de hacer preguntas sencillas.

Esto llevó a Revans a la conclusión de que la sabiduría y el sentido común, más que la genialidad, eran necesarios para resolver problemas complejos.

Propuso así integrar en los equipos de trabajo personas ajenas a la materia –no expertos, tampoco veteranos– para obtener así nuevas perspectivas, recibir preguntas frescas y desafiar las suposiciones más elementales.

El auténtico sentido común –o la sabiduría, como él le identifica– implica el esfuerzo deliberado para explorar lo que no se puede ver en el problema. Esto difiere fundamentalmente de la genialidad, que se engríe sobre lo que es obvio.

La sabiduría está interesada en plantear preguntas fértiles; la genialidad, en cambio, está interesada en elaborar respuestas brillantes. Sin embargo, la utilidad de la sabiduría, más que la elegancia o la genialidad, es lo que necesitan las organizaciones y sus líderes.