Por: María Luisa Madrigal.   16 junio
La romántica idea de crear La Esquina de Buenos Aires no salió de la cabeza de Javier Piere durante los dos primeros años que vivió en Costa Rica. 16 años después de inaugurado, el restaurante se enfrentó a su primer cierre, producto del COVID-19. Fotografía José Cordero
La romántica idea de crear La Esquina de Buenos Aires no salió de la cabeza de Javier Piere durante los dos primeros años que vivió en Costa Rica. 16 años después de inaugurado, el restaurante se enfrentó a su primer cierre, producto del COVID-19. Fotografía José Cordero

La Esquina de Buenos Aires es un restaurante con historia. En sus 16 años de trayectoria, ubicados en la misma esquina en el centro de San José, solo cerraron cuatro días por año. Hasta que llegó la pandemia y La Esquina, como la llaman sus clientes más fieles, apagó su cocina por siete semanas seguidas.

El restaurante se fundó con una idea fija de su dueño Javier Peire: servir la mejor comida argentina posible. No solo el clásico asado, sino la gran gama de comida que se sirve en los restaurantes de Buenos Aires.

La idea no abandonó de la cabeza de Peire durante los dos primeros años que vivió en Costa Rica, cuando se bajó del crucero en el que había servido en los últimos años y empezó a trabajar como mesero del restaurante que hoy es vecino del suyo.

Para que funcionara todo debía de ser perfecto. No solo el menú debía ser amplio y los vinos variados. Tenía que ser como los restaurantes que Javier visitaba siendo niño con su padre, con paredes y decoración en madera, las mismas sillas de los cafés de Buenos Aires y los mismos mantelitos blancos. En sencillo, que las personas se transportaran hasta Buenos Aires, comiendo en San José.

“Tenía que ser un lugar que me gustara a mí. Con un menú más de ciudad no tan identificado con el campo argentino”, declaró Peire.

Todo en el restaurante es parte de su sello, desde las sillas traídas desde Argentina, hasta las paredes que rinden homenaje a sus compatriotas famosos .

Aguantar

El hábito, casi religioso de no cerrar más de cuatro días al año se respetó, sin importar feriados o festivos, cumpleaños ni aniversarios y así se mantuvo hasta el 2020 cuando el COVID-19 tocó la puerta.

Después de haber solo cerrado 60 días en total por más de 15 años, abruptamente, la cocina se apagó durante siete semanas. Desde el 24 de marzo, hasta el 18 de mayo cuando volvieron a abrir sus puertas y los manteles blancos volvieron a engalanar las mesas de madera.

Después de haber solo cerrado 60 días en total por más de 15 años abruptamente, la cocina de La Esquina de Buenos Aires se apagó por siete semanas. Desde el 24 de marzo, hasta el 18 de mayo cuando volvieron a abrir sus puertas y los manteles blancos volvieron a engalanar las mesas de madera. En la fotografía Alberto Castillo y Mónica Diaz. Fotografía José Cordero
Después de haber solo cerrado 60 días en total por más de 15 años abruptamente, la cocina de La Esquina de Buenos Aires se apagó por siete semanas. Desde el 24 de marzo, hasta el 18 de mayo cuando volvieron a abrir sus puertas y los manteles blancos volvieron a engalanar las mesas de madera. En la fotografía Alberto Castillo y Mónica Diaz. Fotografía José Cordero

Pero el golpe del virus se sintió antes. Días atrás a que finalmente decidieran cerrar, el restaurante estaba abierto pero sin público. Trabajar prácticamente sin clientes fue la tendencia durante 10 días, hasta que se volvió insoportable.

En ese momento el miedo y la incertidumbre era el principal factor que se identificaba en los comensales, de acuerdo con Peire.

Conforme las noticias de ayudas estatales o moratorias llegaban, las medidas se iban implementando, pero al final fue insostenible.

Durante las semanas que estuvo cerrado, el restaurante se mantuvo con el dinero disponible en las cuentas. No mover esos fondos a cuentas personales fue algo fundamental según Piere, y sirvió como un respiro para que las deudas no se disparen.

Otro punto fundamental fue el pago del alquiler. El arrendador del local redujo el cobro del alquiler de abril al 50%, mientras que por mayo y junio el cobro fue de apenas un 25%. Un espaldarazo mientras las cosas vuelven a la normalidad, o al menos a la nueva normalidad.

Ese tiempo también significó aplicar ante el Ministerio de Trabajo la suspensión de contratos de los 34 empleados que tiene el restaurante para funcionar en los distintos turnos. Aunque fue una decisión difícil, era imposible tomar otra. Parte del acompañamiento para los empleados fue ayudarlos a que realizaran el trámite para acceder al bono Proteger.

Y aún así, el impás de siete semanas cerrados más los diez días previos casi desiertos, significó que, por primera vez en 16 años de existencia, las cuentas no se pudieran pagar.

Las tarjetas de crédito de las que se pagan servicios con cobros automáticos y algunos proveedores, empezaron a generar deudas. Fue la primera vez en la que el pago no se realizó de contado, según Peire. En los últimos tres meses, por el contrario, el depósito a las tarjetas ha sido el mínimo permitido.

Abrir con miedo

La reapertura fue una mezcla de miedo y esperanza. Peire no estaba convencido de volver a abrir, prefería esperar y ver el comportamiento de los clientes. ¿Volvería a ser todo como antes del cierre cuando el miedo reinaba y nadie iba al restaurante, o el público respondería?

Para el propietario de La Esquina, junio parecía una fecha más segura para la reapertura y así evitar hacer una salida en falso. Pero al final, movido por colegas y por volver a generar trabajo para los empleados del restaurante, la vuelta a la cocina fue el 18 de mayo.

Hoy el restaurante avanza a media máquina, con los empleados trabajando solo algunos días por semana y los horarios limitados a las restricciones que rigen en el país.

Armados con mascarillas, caretas plásticas, protocolos de limpieza a la entrada del local y separación de mesas, arrancaron tras la pausa obligada por el COVID-19. En la fotografía Elida Carballo. Fotografía José Cordero
Armados con mascarillas, caretas plásticas, protocolos de limpieza a la entrada del local y separación de mesas, arrancaron tras la pausa obligada por el COVID-19. En la fotografía Elida Carballo. Fotografía José Cordero

Para avisar a su clientela cautiva de la reapertura utilizaron dos métodos. Primero, un mensaje masivo vía Whatsapp a la lista construida con el número al que se realizan las reservas y lo segundo fue invertir, por primera vez en su historia, en publicidad en Facebook e Instagram.

Armados con mascarillas, caretas plásticas, protocolos de limpieza a la entrada del local y separación de mesas, arrancaron.

El resultado fue mejor de lo esperado. Los clientes, fieles al buen servicio y a la calidad obligatoria que Peire persiguió desde el primer día en la cocina de su restaurante, regresaron tras el primer momento en que las puertas se volvieron a abrir.

Actualmente el restaurante trabaja abierto al público de manera general, aunque la mayor cantidad de visitas las reciben de con reserva previa. El 50% de la capacidad permitida, en la práctica se convierte en un 35% o 40% según Peire y dentro de unas semanas finalmente podrán hacer números de si la reapertura está siendo rentable o no.

Ese momento llegará cuando las facturas que se tengan que pagar sean acordes a la producción actual. No como ahora, que aún se acarrean cuentas grandes de los meses previos a la inactividad.

Pero mientras el número mágico llega no se arrepiente. A pesar de las tarjetas en pago mínimo, del restaurante a menor capacidad de la disponible y de la incertidumbre que genera la segunda ola del COVID-19, volver a abrir era necesario, por sus clientes, por sus empleados y por La Esquina misma.

A pesar de las tarjetas en pago mínimo, del restaurante a menor capacidad de la disponible y de la incertidumbre que genera la segunda ola del COVID-19, volver a abrir era necesario, por sus clientes, por sus empleados y por La Esquina misma. En la fotografía Mauricio Cabado. Fotografía José Cordero
A pesar de las tarjetas en pago mínimo, del restaurante a menor capacidad de la disponible y de la incertidumbre que genera la segunda ola del COVID-19, volver a abrir era necesario, por sus clientes, por sus empleados y por La Esquina misma. En la fotografía Mauricio Cabado. Fotografía José Cordero
Tres consejos:

¿Cuál es la principal lección que aprendió como empresario?: “Encontré apoyo y comprensión. La lección fue grata al saber que hubo gente que comprendió la situación y se puso a la altura. También fue una lección haber dejado el dinero en las cuentas del restaurante así como tener ahorros.

Lo principal para atraer clientes ha sido: “Una base sólida de clientes y el boca a boca. Dar un servicio de la mejor calidad siempre”

¿Volverá su negocio a ser el mismo de antes? ¿En cuánto tiempo?: “Hoy siento que no. Me cuesta pensar que las cosas van a volver a ser como antes, tal vez incluso tampoco la economía en general”