19 julio

En este editorial comentamos y relacionamos dos artículos publicados en la presente edición, los cuales resultan claves para entender el contexto económico internacional y local en torno al crecimiento de la economía.

Uno de los artículos es del New York Times : “Los riesgos de una recesión mundial están a la vista”. Este dice que “el crecimiento económico mundial se ha restablecido con lentitud después de una recesión profunda, y apenas a inicios de 2018 comenzó una expansión internacional coordinada”, y advierte que “en meses recientes el progreso ha mostrado grietas, con el desplome de los flujos comerciales y la caída de los índices de manufactura desde Asia hasta Europa”.

En otra nota, elaborada por la periodista María Esther Abissi, señalamos que en Costa Rica la recesión está presente en varias de las actividades productivas más importantes: agricultura, industria fuera de las zonas francas, construcción y comercio. Otras actividades siguen creciendo pero a menor ritmo. El Indicador Mensual de la Actividad Económica (IMAE) creció tan solo en un 1,3% en mayo con respecto a igual mes del año pasado y mantiene una tendencia hacia la desaceleración.

¿Cuáles son las causas de la desaceleración? Por un lado, hay razones originadas en la situación externa comentadas en el primer artículo sobre la pérdida del impulso en el crecimiento mundial de la producción y del comercio. La pequeña economía costarricense se está contagiando de la situación mundial por medio de la pérdida de dinamismo del sector exportador de bienes. En particular, hay una caída de las exportaciones agropecuarias y de las exportaciones industriales a Centroamérica. Solo las exportaciones de las zonas francas mantienen un importante dinamismo, junto con las exportaciones de servicios.

Por otro lado, hay razones internas para explicar la desaceleración de toda la economía. La más importante está relacionada con las finanzas públicas. Costa Rica desaprovechó la época de las vacas gordas para arreglar su situación fiscal. El año pasado el país —con el agua al cuello y a regañadientes— aprobó una reforma para aumentar los ingresos y reducir los gastos del Gobierno Central. Por falta de previsión estuvimos obligados a realizar la reforma fiscal en época de vacas flacas.

Malas noticias

En este primer semestre se nos juntaron las malas noticias del exterior, la herencia de la incertidumbre reinante el año pasado en torno a la situación fiscal que paralizó las decisiones de inversión de las empresas y los efectos recesivos que tienen los anuncios de la reducción del déficit fiscal.

Con respecto a las acciones para reactivar la economía hay que plantear cuatro temas. Primero, el Gobierno debe ser firme en la aplicación de la reforma fiscal aprobada el año pasado. No se puede ceder a las presiones de los grupos que pretenden paralizar las medidas de contención del gasto o de aumento de los ingresos. En particular, la regla fiscal debe aplicarse en forma estricta. El fracaso de la implementación de la reforma fiscal llevaría a la inestabilidad económica y conduciría a una recesión más profunda.

Segundo, la Asamblea Legislativa debería de aprobar un plan de financiamiento del Gobierno Central, incluida la colocación de eurobonos, para lo que resta de esta Administración y la siguiente. Esto ayudaría, en el mediano plazo, a reducir las tasas de interés y amortiguar los riesgos para impulsar ahora la reactivación de la inversión privada. Los diputados tuvieron la oportunidad de aprobar la colocación de eurobonos por seis años, pero lo hicieron solo por uno. Quizá vale la pena volver a intentar otro proyecto de ley, tal como lo propuso la Ministra de Hacienda.

“Los vientos de la recesión se aproximan al país por las rutas externas e internas, y el país por razones económicas y políticas carece de instrumentos para sortear con éxito un escenario así de adverso”.

Tercero, se debe reconocer que en el corto plazo no existen medidas milagrosas para reactivar la economía. El alto nivel de la deuda del Gobierno Central no permite usar la política fiscal como forma de enfrentar la debilidad del crecimiento. Tampoco la política monetaria del Banco Central tiene mucho margen para empujar la reactivación. El Banco ya hizo varias reducciones modestas de las tasas de interés y del encaje mínimo legal. Tal vez se puede hacer algo más, pero no mucho más.

Cuarto, el país necesita una agenda de reformas de largo plazo para mejorar la productividad y crecimiento. En varios editoriales nos hemos referido a este tema. Quisiéramos ser optimistas sobre la viabilidad política de esta agenda. Sin embargo, la realidad del fraccionamiento político y la capacidad de veto de grupos pequeños nos hace pensar que tal agenda —si bien muy atractiva en el papel—puede resultar imposible. En este campo el Gobierno debería redoblar el esfuerzo para diseñar, comunicar y una agenda posible, aunque sea modesta.

En conclusión, desde EF vemos dos cosas: primero, los vientos de la recesión se aproximan al país por las rutas externas e internas y, segundo, el país por razones económicas y políticas carece de instrumentos para sortear con éxito la recesión.