Por: Kendral Allen.   20 mayo

Alguien escribió una historia muy intrigante titulada El curioso caso del piso 23, la cual trata de la similitud de los procesos de toma de decisiones en el día a día, donde siempre existirán beneficios, oportunidades y riesgos.

El caso muestra las distintas alternativas para descende al primer piso del edificio. La primera es lanzarse desde el piso 23; la segunda, tomar el ascensor; la tercera, bajar por las escaleras, y la cuarta, no hacer nada.

Las primeras tres alternativas suponen el logro del objetivo o beneficio pero con un nivel de riesgo diferente para cada caso. La última opción implica no cumplir el objetivo ni obtener beneficios, pero también no exponerse al riesgo.

En las empresas e instituciones, sin importar su naturaleza, la toma de decisiones es una actividad cotidiana pero interactiva y multidisciplinaria.

Este proceso ciertamente no garantiza buenos o malos resultados, pues existe una brecha llamada “incertidumbre”, que se traduce como riesgo.

El riesgo se define o más bien responde a la probabilidad de que eventos o situaciones contrarias se materialicen obstruyendo el cumplimiento de los objetivos, los cuales pueden ser representados en beneficios monetarios o de otra índole.

Eficiencia

Tanto en el ámbito público como privado, la toma de decisiones debe de realizarse buscando obtener beneficios mediante los parámetros de la eficiencia.

Para la toma de decisiones de manera eficiente es necesario un análisis minucioso que implica la aplicación de la ciencia y la técnica, aplicación del pensamiento y crítica constructiva, y el acompañamiento de experiencia y expertos que contribuyan a la determinación o ponderación del riesgo.

La expresión “el que no arriesga no gana” es una verdad aplicable dentro de las organizaciones, puesto que esta manifestación tiene una correlación directa con la expresión “a mayor riesgo mayor rendimiento o beneficio”.

Sin embargo a pesar de que muchas empresas tienen una propensión natural a buscar el mayor beneficio, no todas tendrán el mismo nivel de inclinación para asumir los riesgos que estos representan; por tal motivo, una vez que se identifican los riesgos es necesario cuantificarlos y dimensionarlos a fin de evaluar las mejores alternativas y el grado de beneficio de ellas.

La cuantificación del riesgo implica la aplicación de dos indicadores básicos: el primero tiene que ver con la frecuencia o probabilidad de que ocurra el evento que supone riesgo; la segunda corresponde a la magnitud o impacto del evento para la organización.

Ambos factores (probabilidad o magnitud) se deben formular con evidencia histórica y asesoría de expertos; esto permite el establecimiento de un punto de referencia o tolerancia que comúnmente se conoce como “apetito por riesgo”.

Es de suma importancia que las organizaciones e inclusive los individuos tengan planes de acción que incorporen acciones correctivas y preventivas en todos los escenarios con base al apetito al riesgo a fin de que se pueda atender de una manera integral la gestión oportuna de todos los riesgos.