Por: Roger E. A. Farmer.   13 septiembre
Cuando la tasa de política de un banco central ya es baja, no se la puede bajar mucho más en caso de una crisis.
Cuando la tasa de política de un banco central ya es baja, no se la puede bajar mucho más en caso de una crisis.

El exsecretario del Tesoro de Estados Unidos Lawrence H. Summers y Anna Stansbury recientemente arrojaron dudas sobre el futuro de los bancos centrales al sugerir que el marco de política monetaria prevaleciente necesita un replanteo con urgencia.

Estoy de acuerdo, y he venido pidiendo una reconsideración de la “vieja economía keynesiana” desde hace más de diez años, desde un artículo que publiqué en 2006, dos años antes de que la crisis financiera internacional pusiera de moda cuestionar la manera en que pensamos la teoría macroeconómica. Me reconforta ver que el discurso y el cuerpo de investigación que desarrollé sigue ganando respaldo público.

En la era actual de tasas de interés bajas —y en algunos casos negativas—, muchos empiezan a preocuparse de que el Banco Central Europeo y la Reserva Federal de Estados Unidos “se estén quedando sin municiones”. Cuando la tasa de política de un banco central ya es baja, no se la puede bajar mucho más en caso de una crisis. Por ende, se podría decir que la Fed en verdad debería estar subiendo las tasas ahora, mientras el desempleo está bajo, para crear suficiente espacio para recortes de las tasas de interés en el futuro, cuando el desempleo tal vez sea alto.

Sin embargo, no tiene ningún sentido aumentar las tasas de interés si esto puede dar lugar a una recesión. La pregunta, entonces, es si hay manera o no de reabastecer el polvorín sin generar una explosión.

Cuando la Fed o el BCE aumenta las tasas, la teoría económica neokeynesiana predice que el alza terminará traduciéndose en una reducción de la inflación, y que el camino del punto A al punto B estará acompañado inevitablemente de un mayor desempleo. Pero mi propia investigación sugiere que la teoría económica neokeynesiana es errónea. Después de todo, si la Fed fuera a aumentar la tasa de corto plazo lentamente y respaldara los merados bursátiles con una garantía para comprar un fondo negociable en bolsa amplio, a un precio fijo, no hay ningún motivo para que el incremento de la tasa cause un desempleo más alto.

La curva de Phillips

Según la teoría, se supone que una tasa de interés más baja conduce a un mayor gasto de inversión, impulsando así la demanda agregada y reduciendo el desempleo. Y se supone que un desempleo más bajo ejerce una presión ascendente sobre los salarios, lo que termina traduciéndose en precios más elevados (inflación) a través de un mecanismo de recargo. Ése es el momento en que el banco central revierte su política y empieza a subir las tasas de interés. Sin embargo, toda esta teoría es contingente a la suposición de que existe una tasa natural de desempleo única —la “tasa de desempleo no aceleradora de la inflación” (NAIRU)— en la cual el ritmo del crecimiento de los precios ni subirá ni caerá.

Si bien los neokeynesianos reconocen que la NAIRU puede cambiar con el tiempo, no pueden predecir cómo se comportará. Más bien, los banqueros centrales hacen cálculos internos de la NAIRU, y estos luego alimentan las decisiones sobre la tasa de política. Cuando la tasa de desempleo está por debajo de la estimación actual de la NAIRU y la inflación todavía no se materializa, simplemente llegan a la conclusión de que la NAIRU debe de haber caído. No es ciencia; es religión.

En mi libro Prosperidad para todos, ofrezco una alternativa para esta versión de los últimos días de la lectura de las hojas del té. Mi teoría reconoce que una tasa no aceleradora de la inflación es consistente con cualquier tasa de desempleo. El propio John Maynard Keynes planteó este punto originariamente, en Teoría general del desempleo, el interés y el dinero, y ha sido enfatizado por economistas post-keynesianos durante décadas. Yo he demostrado en mi investigación que la visión post-keynesiana se puede reconciliar con la teoría microeconómica convencional utilizando una “nueva” teoría de búsqueda del mercado laboral.

El discurso teórico estándar se basa enteramente en la curva de Phillips, que defiende una compensación directa entre inflación y desempleo. Éste es un discurso que determina qué investigación se permite que llegue a las principales publicaciones económicas, y qué discusiones tienen lugar en las reuniones de políticas en los bancos centrales de todo el mundo. Es el discurso que informa cómo todos, desde los periodistas y los académicos hasta el público general, interpretan las decisiones de política monetaria. Pero es un discurso engañoso del que debemos escapar si queremos mejorar la manera en que manejamos las economías de mercado modernas.

“Cuando la Fed o el BCE aumenta las tasas, la teoría económica neokeynesiana predice que el alza terminará traduciéndose en una reducción de la inflación, y que el camino del punto A al punto B estará acompañado inevitablemente de un mayor desempleo. Pero mi propia investigación sugiere que la teoría económica neokeynesiana es errónea”.

Con ese fin, no basta con criticar la curva de Phillips. Si la teoría es errónea, de la debe reemplazar por una cosa mejor, y por algo que no sea un retorno al keynesianismo de los años 1950, como parecen proponer los críticos de la teoría macroeconómica neoclásica de hoy. Según Summers y Stansbury, el gobierno debería “promover la demanda a través de políticas fiscales y otros medios” (el énfasis corre por mi cuenta). Si bien coincido en que la política monetaria será impotente cuando Europa o Estados Unidos entren en otra recesión, no estoy convencido de que el gasto del gobierno sea la respuesta apropiada. Mi propia investigación ofrece evidencia empírica de que las recesiones son causadas por desplomes en los merados de activos. Así las cosas, es mejor estabilizar los precios de los activos que construir puentes que no conduzcan a ninguna parte.

Las sociedades modernas basadas en el mercado han sacado a más seres humanos de una pobreza abyecta que cualquier otra forma conocida de organización económica. Pero el “capitalismo” no es una estructura monolítica que existe en contradicción con el “socialismo”. Existe una continuidad de acuerdos económicos alternativos, con laissez-faire en un extremo y planificación central en el otro. Nuestro objetivo debería ser diseñar instituciones que saquen la máxima ventaja del mercado como un mecanismo para coordinar la información, proporcionando al mismo tiempo las vías por las que circula el mercado.