Por: María Fernanda Cisneros.   14 noviembre, 2018
El perfil de la deuda se compone hoy más de dólares, tasa variable y corto plazo, esto le suma riesgo a la gestión de las obligaciones por parte de la Tesorería Nacional. (Foto Archivo)
El perfil de la deuda se compone hoy más de dólares, tasa variable y corto plazo, esto le suma riesgo a la gestión de las obligaciones por parte de la Tesorería Nacional. (Foto Archivo)

Entre fallidas inversiones y un endeudamiento más riesgoso, la gestión de la deuda en los últimos años ha tenido duros golpes que afrontar, y la labor se dificulta aun más.

Los efectos del desbalance fiscal resintieron la economía a lo largo del 2018, y las finanzas estatales al fin evidenciaron el desgaste que arrastraban desde hace más de una década.

Años atrás, el Gobierno de Costa Rica de alguna manera fue exitoso en trasladar el pago de sus deudas al futuro –"pateó la bola"– para evadir los efectos del déficit. Sin embargo, este año encontró dificultades para seguir con la misma estrategia y los problemas por fin se hicieron notar.

El tipo de cambio subió, al igual que las tasas de interés y la economía bajó su nivel de crecimiento. Todo esto, además, encarece la deuda.

Al igual que el manejo de las finanzas de un hogar, el Gobierno decide cuáles son sus prioridades y cómo atenderá cada una de sus deudas.

Más allá de los errores de décadas –los ya conocidos del creciente endeudamiento del país, el desmedido aumento de los gastos y la desaceleración de los ingresos–, cuando el problema fiscal pasó de ser una advertencia a convertirse en una realidad, ¿cuáles fueron los fallos en la atención de esta situación?

Costa Rica es reconocida a nivel internacional como una nación a la que le cuesta llegar a un consenso en el aparato legislativo. Este podría ser el primer gran error: darle largas a la adopción de una reforma integral que solucione la situación fiscal.

Representantes de calificadoras de riesgo y organismos internacionales lamentan esto y lo sitúan como el principal yerro del país al momento de atender el desbalance fiscal.

El modelo estatal de Costa Rica impide atender el grave problema fiscal sin atravesar el Congreso.

Por años, iniciativas para restablecer el dinamismo de los ingresos o recortar algunos gastos se han llenado de polvo. Al mismo tiempo, el déficit dejaba sin recursos al Gobierno y agotaba las finanzas estatales con más fuerza cada año.

Así fue como más de la mitad del presupuesto llegó a financiarse con deuda, en vez de hacerlo con recursos propios. Esto ocurrirá por primera vez en 2019.

Si el análisis se limita a la administración Solís Rivera y la Alvarado Quesada, se pueden enlistar algunos desaciertos, a criterio de analistas y economistas consultados por EF.

Al expresidente Solís, quien ganó las elecciones con una amplia mayoría de los votos, se le atribuye uno de los mayores fallos de la atención de este gran problema llamado déficit.

El Ejecutivo postergó por dos años la presentación de los proyectos de la reforma fiscal, decisión que a criterio de Douglas Montero, director de Fondos de Inversión de Aldesa, fue “populista”.

“Creo que tenía la oportunidad de conseguir el apoyo, pero no, se olvidó del tema y prefirió aumentar más el gasto público. Tampoco su ministro de Hacienda (Helio Fallas) hizo mucho y los resultados los estamos viendo en este momento”, explicó Montero.

Otro gran desliz de la Administración Solís Rivera fue el hueco presupuestario, que alcanzó los ¢600.000 millones y que requirió del envío de un presupuesto extraordinario.

El bache llegó luego de que se colocaran títulos valores con vencimiento al 2018, después de la formulación del presupuesto de este año.

A esto se sumó la inversión (de ¢100.000 millones y $50 millones) en instrumentos, también a corto plazo, del Banco Crédito Agrícola de Cartago (Bancrédito), que no se pudieron cobrar. Solo por esto el déficit del 2017 (6,7%) subió 0,4 puntos porcentuales.

La gestión de la deuda también entra en el análisis.

Desde administraciones pasadas, la estrategia fue realizar canjes de deuda. Si un bono está pronto a vencer, el Ministerio de Hacienda lo cambiaba por otro cuya fecha de caducidad fuera más extendida, para así tener oxígeno por más tiempo.

Los montos canjeados crecían cada semestre con éxito, hasta que Hacienda se topó con la dificultad de que sus ofertas no despertaban el interés del mercado. Esto ocurrió a inicios del 2018.

Los canjes se secaron y las subastas también toparon con dificultades para atraer inversores. En algunas de las sesiones, los inversionistas ni se molestaron en hacer propuestas.

La pérdida de la confianza de los inversionistas le pesó a Hacienda.

Juan Carlos Pacheco, exviceministro de Hacienda, abordó el tema en un comentario escrito para EF.

“Cuando Hacienda busca captar con instrumentos a precios fuera de mercado en algunas subastas, pero por otra parte en otras no asigna bonos, argumentando que las ofertas recibidas se consideran a precios fuera de mercado, se generan señales confusas”, explicó Pacheco.

El Ministerio de Hacienda asumió más riesgos en la gestión de la deuda del Gobierno, ante la falta de liquidez y el alto déficit fiscal.

La estrategia más segura es apostar por la emisión de títulos en moneda nacional, a tasa fija y a un mediano o largo plazo al vencimiento. Sin embargo, el desbalance fiscal puso contra la pared a la Tesorería Nacional, y en los últimos cuatro años ocurrió todo lo contrario.

En ese lapso, la moneda extranjera ganó espacio dentro de la estructura de la deuda, al igual que lo hicieron los instrumentos de corto plazo y la tasa de interés variable, explicó el apartado “Elevado déficit fiscal incrementa los riesgos del endeudamiento público”, del Estado de la Nación, 2018.

La convergencia de estas tres condiciones es desfavorable para el país, citó el documento. Sin embargo, la gestión, aunque más riesgosa, es como un mal inevitable.

¿Por qué esta apuesta es más riesgosa? Si se emite más deuda en dólares, la presión cambiaria es mayor. Si el tipo de cambio sube, las deudas estatales aumentarán al igual que lo hacen las de los ciudadanos.

Además, el plazo se reduce porque la tasa es menor, y por tanto el costo también. A cambio, se deben pagar vencimientos más pronto de lo deseado.

La tasa variable, por su lado, evidencia la dificultad para conseguir recursos.

Además, en el último año, Hacienda cedió a las presiones del mercado y ajustó al alza el rendimiento que ofrece por sus bonos.

Si las tasas no eran más atractivas, los inversionistas –que ya desconfiaban del Gobierno– no iban a estar dispuestos a invertir en los bonos estatales. Si la Tesorería Nacional requería de más recursos, entonces la subida de tasas no era opcional.

Adicionalmente, las tasas en el exterior empezaron a subir con más fuerza y como Hacienda empezó a colocar más dólares debió también aumentar los rendimientos.

Pese a una mayor tasa, enfrentó dificultades para atender su faltante de dinero porque el ánimo del mercado no estaba sintonizado con los requerimientos del Fisco, dijo Mauricio Hernández, gerente de Prival Securities.

El Gobierno carga con desbalances fiscales que debieron haberse resuelto hace una década o más. Por esto, aunque la gestión de la deuda es más riesgosa, es un camino inevitable ante la incertidumbre y el temor que genera la situación fiscal.